Explicó Laureano Gómez, en la sesión plenaria del Senado, el 23 de septiembre de 1940 (lo trae Alberto Bermúdez en su libro Aproximación a L.G.), que, hablando intrascendentemente, comentó en los pasillos que la reelección de López, en la que estaban enfrentados los liberales con refriegas violentas entre sí, agregaría a otros males de la República la guerra civil y acaso el atentado personal.
Tergiversado por maledicentes, debió agregar seis días después en el diario El Tiempo (Sept. 29): “Yo no he preconizado la guerra civil y el atentado personal como programa del Partido Conservador. El país sabe que el gobierno de López representa el atentado personal, el regreso a la violencia de la autoridad en los campos y las veredas. (…) Es que los liberales mismos se van a asesinar entre sí y van a asesinar a los conservadores”.
Sea lo que fuere, el sentido que se le dio al término “atentado personal” era el contrario del expresado y divulgado como chisme, el que aún trasciende a nuestra época en la pluma de algunos escritores. Se recurre al lugar común de un Laureano —líder partidista similar a sus pares de la facción contraria— como el más violento, el monstruo, pero ya no en el sentido de admiración en que los suyos lo tuvieron, sino en el más perverso del término.
Nada valió en ese entonces fatigarse en explicaciones del verdadero sentido de unas palabras coloquiales, que nunca fueron equívocas y nada vale hoy, cuando ya la historia se petrificó de un modo irreconciliable, pretender aclarar lo que fue extraído de su contexto verbal, pero sobre todo de su contexto histórico. ¿Es que nadie sabe cuáles y cómo fueron las pasiones políticas en esa primera mitad del siglo XX? Pero, aun así, a lo que se aludía era a un enfrentamiento entre los liberales del Valle (cfr. ibídem). Sólo habían transcurrido cuarenta años desde las guerras civiles, tiempo tan corto como si recordáramos hoy los años setenta del Mandato Claro y de la llegada de Turbay con su Estatuto de Seguridad. Parece que fue ayer, como dice el bolero.
Volver por la imagen de Laureano Gómez, notoriamente a destiempo y estando latente el fanatismo, es algo así como batirse a duelo con molinos de viento. Pero que no se caiga en el facilismo de referirlo, como si él o sus hechos fueran conocidos por el escritor. Generalmente se salta sobre brasas, al traer a cuento citas históricas apasionadas y superficiales.
Y mejor fuera no hablar solamente de “violencia conservadora”, como si no hubiera existido la correspondiente liberal, coincidente con la hegemonía de este partido, la cual desembocó en el 9 de abril del 48, que pretendió sacar del juego a la derecha política. Tampoco era conservadora la Policía amotinada en esa misma jornada, que por cierto arengó el jovencito Fidel Castro Ruz en la Quinta Estación de aquella Bogotá en llamas.