Asomaron de nuevo las encuestas, que permanecieron ocultas maliciosamente mientras iba cayendo la puntuación oficial. Muy próximos ya al debate electoral, se ha conocido el repunte de Oscar Iván Zuluaga, de cuya candidatura se decía que no arrancaba. Son las sorpresas de la política, que es dinámica.
Cunde el pánico. Se avecina un enfrentamiento agudo entre santismo y uribismo, al parecer deshaciéndose el fenómeno de opinión, representado en Peñalosa. Sus palabras incoherentes, su imprecisión, su apelación bucólica a las aves y a los montes hacen ver al ex alcalde como un soñador perdido. Y ya sin su linterna, que se le fue al precipicio, cuando descendía al inmenso llano, según narró a la revista Bocas, del diario de Juan Manuel Santos.
Se advierte un peligroso fervor por el retorno de Uribe. Digo peligroso porque, de apalancarse de nuevo en el poder, no habrán tenido sanción política todos los desmanes de su gobierno y sobre todo la abusiva perpetuación en el mando, apenas detenida por la Corte en un segundo intento, para un tercer gobierno.
Santos no avanza y estará en balanza mientras exista la posibilidad de jugarse en una segunda vuelta, vaya uno a saber contra qué coalición poderosa de malquerientes.
Así van las cosas. Peroratas de una garganta que no se conocía y es la del presidente candidato, muy poco apto para la oratoria de plaza pública, si es que ella todavía vale en este mundo digital. Se nota anacrónico y con voz inapropiada para el grito. Qué enorme contradicción se advierte entre un candidato que hace alarde de haber eliminado a los jefes de la guerrilla y un presidente que negocia con los restantes. Son cosas de la paz, pero bien paradójicas.
La gran sorpresa la viene a dar la candidata Marta Lucía Ramírez, al aparecer, según Gallup, como la que más se acerca en una segunda vuelta al candidato oficialista, esto es, al propio gobierno en trance de ser reelegido. Reelección que reclama porque a sus hombres les quedó mucho por hacer, no les alcanzó el tiempo o, como dicen los reclutas, porque los mordió la vaca.
Algún refuerzo le da a la campaña oficial – y debo pensar que no tuvo ese fin – la decisión de la Corte Constitucional sobre inaplicabilidad del fallo de La Haya, mientras no se pacte un nuevo –e inviable – tratado de límites con Nicaragua.
Complejísimo asunto, un tanto aclarado por la Constitucional, con incidencias en la paz de la región y en la mesa de La Habana. Hay que recordar que los negociadores de la guerrilla felicitaron a Managua por el éxito de su pleito contra Colombia en La Haya.
Los profanos seguimos sin entender cómo se puede llegar a un pacto de límites y luego, sí, acatar el fallo de la Corte Internacional, que los fijó de forma inapelable.