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A ver, a quiénes recuerdo

26 de marzo de 2017 - 09:00 p. m.

Memorioso, con motivo de la  celebración del periódico, bullen en mi mente imágenes y personajes, toda vez que casi la mitad del tiempo que se conmemora desde su fundación lo he vivido cerca, muy cerca de El Espectador.

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Recuerdo a Darío Bautista, por ejemplo, el pulgar asido a la sisa del chaleco, nunca sentado, paseándose por la redacción y hablando a voz en cuello, con humor y dichos algo fuertes para un tímido como yo. Me trajo un día razones de alto calibre del candidato Valencia por algún dibujo alusivo, que al juicio mío era más bien inocente. Bautista no parecía tener escritorio en la sala ni podía verse al gran reportero político en mangas de camisa; parecía llegar siempre de alguna parte, formalmente trajeado.

Mi pertenencia y no permanencia en el periódico ocasionó que, muchos años después, en un acto social, fuera presentado con don Carlos Ardila Lulle y éste dijera conocerme y saludarme, cuando llegaba de visita al periódico. Me confundió, me debió confundir.

De los jefes de redacción, con quienes tuve que ver por mis dibujos, me resuenan apellidos como Torres, Palomino y sobre todo Alvarado (Enrique), quien más tarde en la vida alentó mis desánimos. Iáder Giraldo, uno de los famosos “gorilas” que cubrían Presidencia, fue amigable —había que sufrirlo un poco—, me reporteó con algunos halagos que tal vez necesitaba.

Quince días o un poco más tuve cubículo en el recién construido edificio de la Granja; estaba de estreno y me caía arena sobre el papel de dibujo desde una claraboya de la terraza; don Gabriel Cano, respetuoso y alejándose de mi labor, pasaba y desde la vitrina me impartía bendiciones. Alguna vez me preguntó si yo miraba las calificaciones que ponía en una cartelera instalada para ese fin. La idea, de la cual no me había percatado, no me gustaba y respetuosamente rehuí el tema.

De ese cubículo, al que me caían, además de la arena, Iáder y otros amigos, me retiré 15 días después, dejando elementos de trabajo que por timidez no reclamé. Deben estar en el almacén desde hace unos 40 años o se los llevó la onda explosiva. Volví a trabajar en casa y en mis 30, en vida aún de mis padres, la “chiva” de El Espectador recogía las colaboraciones por medio del afable señor Castiblanco, quien llegó a ser muy conocido de mi familia. Años, muchos años después, lo encontré orando en la tumba de su esposa y me llené de compasión. Entendí que lo quería.

De Guillermo Cano sentí su gran afecto; con Salgar, su segundo, llegué a la amistad. De don Gabriel recuerdo el despacho de la Jiménez, sombrío, solemne. Fue allí donde escuché la frase que destrabó mi trabajo: “No piense en los partidos (era época fraccionada al extremo), ni usted es una cosa ni yo otra, hagamos periodismo”.

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