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Adiós a los duendes

10 de enero de 2011 - 01:00 a. m.

TODO UN MUÑEQUERO DE FANTAsías se mezcló, como nunca, durante la pasada Navidad y el borde de año.

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Más la renovada costumbre del pesebre de San Francisco de Asís, que él inventó para que jugáramos —tal era la sencillez del santo— con cualquier cantidad de elementos divertidos: pastores y animales a distinta escala, cuando no con un Niño Dios gigante, como de ochenta kilos al nacer, que a lo mejor nos quiere hablar de la grandeza de Dios.

Ahora se dice que Dios no existe, que todo ha sido un Big Bang, algo que explosionó y dejó como consecuencia necesaria este orden maravilloso del mundo mineral y orgánico. Que una sorprendente evolución condujo al origen de la vida y un aparejo de sustancias químicas produjo la inteligencia humana y la conciencia individual. Nunca un desorden hubiera producido tanto orden, dijera Churchill, maravillado ante el inválido, como llaman en mi casa, familiarizados con Stephen Hawking. Su último libro (El gran diseño), en compañía de Leonard Mlodinow, es incomprensible, divertido y, Dios mío (perdón, ¡oh creación cuántica!), trae caricaturas.

Bueno, pero mi idea no era hablar de este pequeño duende que es el propio Hawking, de toda mi admiración, sino de los demás arlequines que hemos ido desmontando, pasadas las fiestas, que no lo fueron ni de licor ni de baile, sino de novena e instalaciones azulinas.

Invade la nostalgia guardar a un año las cajas con el Nacimiento y su corte de muñecos y encontrar que hemos deteriorado la pared con los pegamentos que con demasiado entusiasmo utilizamos a comienzos de diciembre.

¿Qué nos trae el nuevo año?, ¿lo viviremos plenamente? Nada nos garantiza que volvamos a ver a los duendecillos amables, compañeros de nuestros afanes del último mes. Todo es incierto. Todo es inexplicable, como es inexplicable que no exista un ser personal en el origen sin principio de todas las cosas. Causa de las causas acuérdate de mí, exclamaba Cicerón. ¿Invocaba, acaso, a la creación cuántica espontánea de todo cuanto existe?

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Trágico diciembre el de Colombia. El nuevo presidente, don Juan Manuel, muy encumbrado aún en las encuestas, está enfrentando retos, que ni el presidente Piñera. Uno es corregir el cauce de un río como el de la Magdalena, “anchuroso y profundo”, pero además “turbio de pesadumbre”, para seguir con Rivera, no con el ministro, sino con José Eustasio. La verdad es que pesares es lo que ha traído esta entrañable corriente a numerosas familias y poblaciones sumergidas. Cosas de Dios, dicen algunos; descuido del hombre, dirán otros; no voluntario, dirá Hawking, sino producto del determinismo científico.

Admiro al inválido, pero me quedo con la idea de un creador, con San Francisco, el pesebre y los duendes, queridos duendes de la Navidad.

 

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