Imaginando resultados, es seguro que la derrota habrá sido para los del No; muy sorpresivamente para los de Sí o acaso la derrotada haya sido la Registraduría, si han persistido los ataques de piratería informática.
La derrota del No era lo más previsible, completamente aplastado por la propaganda oficial; por funcionarios con poder y dinero, viajando por la regiones, comprometidos, como el vicepresidente de la República, quien fue obligado a presidir una campaña que no era de su convicción.
El gobierno tuvo y tiene a su servicio todos los medios: suya es la principal revista y el principal periódico y le funcionan al presidente amigo y pariente, como clan familiar, a la perfección; en cuanto a los acuerdos —“los mejores posibles”, en el orgulloso decir del negociador— se los ha ofrecido al público como en un papel navideño de paz, engañifa para todo un pueblo, que ni pudo seguir lo que se pactó en La Habana ni una vez conocido pudo leerlo ni entenderlo. Pero “era lo mejor”.
Con el paso de los días podrá verse lo que el Sí ocultaba. O díganme en qué queda el derecho público, luego de la brutal incorporación al bloque constitucional de 297 páginas, que a modo de pacto entre Estados llega al acervo de la ley de leyes. Y no se piense que quedan para referencia o consulta jurisprudencial. Son normas inmodificables, con las que la guerrilla le selló los labios a la Justicia, que ya tenía vendados los ojos.
Muchos del Sí van a sorprenderse cuando vean a un presidente de la República asumir facultades habilitantes por largos meses y se den cuenta de que se le ha dado un vuelco a la institucionalidad, ni autorizado ni convenido. Tampoco imaginado por el propio mandatario, toda vez que la corriente socialista imperante lo arrolló con dictámenes jurídicos de izquierda, que se impusieron a su desconocimiento de la que nunca ha sido su especialidad.
La previsible derrota del No pudo deberse igualmente a aquello de que lo positivo es lo sano, y de ahí que se rechace la negación por principio, no importa el peligro que acecha, mucho menos cuando éste ni siquiera se conoce.
Estando tan asegurado el triunfo del Sí, al punto de llegarse a vender la paz colombiana en el exterior como un hecho y anticiparse su celebración con kfires de espanto y alabaos, no había razón para convocar a elecciones, para nada libres, a un alto costo dinerario.
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Y miren cómo comprometieron finalmente al papa con la causa de Santos: que éste se arriesga por la paz y otros por la guerra, lo han puesto a decir, a última hora. Si la Corte prohibió la dicotomía paz o guerra, Su Ilustrísima Balestrero, nuncio apostólico, sabrá por qué le llega al Santo Padre una información sesgada. “De Roma viene lo que a Roma va”.