¡LA BOTÓ!, ¡LA BOTÓ!, ¡LA BOTÓ!, ES un grito del juego de pelota que cualquiera ha escuchado y entendido, así no sea, como no lo es Lorenzo, aficionado al fútbol. Resume la angustia por el triunfo, el límite crítico de una definición y la realidad del fracaso.
Le pasó a Antanas Mockus, candidato presidencial de muchos (¿acaso de Lorenzo?), cuando venía punteando sobradamente las encuestas y su ola verde crecía como bola de nieve. Santos no era apetecido; Pardo mantenía un rostro desalentado y tristón y en Noemí, viajera, había algo cosmético. Vargas tenía lo suyo, pero su carácter no conciliaba.
Bastaron los primeros debates y con Noemí se fue Antanas al piso, frente a la experiencia del periodista político, que superando su gaguera, se dirigía desde ya a los televidentes como “co-colombianos”.
Mockus botó la pelota de la presidencia, que nunca había tenido ni tendrá tan cerca. El lituano, casi el inmigrante desvalido y meritorio, por su honradez intelectual, por su catadura simple y aun por su desnudez, no obstante lo vulgar, aceptada, estuvo a un paso del poder.
Pero, pese a estar probado en puestos de elección, se mostró inexperto ante algún periodista que lo enredó y se le vio desconocedor del tema constitucional. Mentir con facilidad, lo que es propio de políticos, tampoco era lo suyo. Lo único que no concordaba de su campaña era, tal vez, estar avalado por un Partido Verde, sin ser propiamente un ecologista.
Pero ahí tenemos a Juan Manuel Santos llamando a Chávez su mejor amigo, lo que es una mentira diplomática; o a Álvaro Uribe fingiendo legitimidad mientras urde tramoyas para perpetuarse en el poder o a Ernesto Samper posando de ingenuo sobre la financiación de su campaña, mentira esta del tipo coartada.
Mockus, veraz, pero ingenuo, en un momento lo tuvo todo: la popularidad y simpatía de Garzón (antes de lo de Darcy); la fuerza motora de Peñalosa, el transportista, pese a su falla gerencial en materia de losas por donde rodar sus transmilenios (que “él era sólo el alcalde”, fue su disculpa); tenía a Sergio Fajardo, para desmayo de muchas mujeres, inasible ideológicamente y por tanto sin compromisos, pero por desgracia físicamente fracturable y en lo limpio.
Este Antanas quiere volver, disgustado con su colega Peñalosa, quien se le adelantó a repetir alcaldía, cegado por el encantamiento de Uribe, señor y dueño de los picos de opinión. Antanas, dentro de los Verdes, le va ganando. Pero, de puertas para afuera, se pensaría que ya no juega, que su carta está quemada y que un electorado pensante (si es que piensa) le cobraría haber botado, por una única e irrepetible vez, el gol de la victoria.