Muy dura Navidad le están ofreciendo, no sé si las redes o, de todos modos, los enconados enemigos de su momento político, a Duque, al presidente Duque, así nos demoremos un poco para reconocerle el atributo de su preeminencia democrática.
Todos le hemos cobrado un poco algunas salidas, que en otro fueran tolerables, en él no, porque es el enviado de otro más poderoso, al que los demonios de la política persiguen para competir con él por el dominio de este mundo.
Lo odian, lo persiguen. Si se pasó dos kilos, es un cerdo; si se allanó al grito de las opositoras, es un débil de carácter; si entró en confianza con los reyes, es un montañero atrevido; si trató de buscar soluciones a una crisis fiscal, que encontró, es un explotador del pueblo; si no le alcanza para la universidad pública, le dicen los novatos de la política que se está gastando la plata en mísiles de guerra, cuando no ha tenido tiempo ni de saber que es el presidente de la Republica.
Ha tenido sus fallas, lógicamente. A nuestro juicio, que no es tampoco infalible, se dejó envolver en cálculos económicos y le aplicó el martillo del IVA a la población, porque toda ella come de una misma canasta familiar. Y no es muy amigo de corregir lo que a todas luces se ve equivocado y, por decir lo menos, inoportuno.
Pero a lo que vamos, y es que a un hombre inteligente, honrado y serio no le corresponde el trato desmedido que está padeciendo. Es cierto que la crítica del poder es el desayuno de la democracia y bienvenida sea; que el humor hay que gozarlo y que hacerlo a costa de los que están allá arriba es lo propio y lo divertido. A donde nunca llegaremos. Pero hay cosas que son humor y otras que caen en el insulto y no producen sonrisas, sino muecas de odio. Hace días pienso que un político puede ser figurado como un caballo, un elefante, un pez, no así como un asno, un perro o un cerdo, pues esto último es pasar de lo chistoso a lo ofensivo.
A este hombre lo tienen bajo todos los reflectores de la ofensa y eso que él no da mucho margen para la maniobra de quienes lo miran con odio, comenzando porque sus facciones no se prestan para que sus dibujantes acertemos. Hay otros cuyas caras son un regalo para la caricatura. Tampoco es Duque (otra vez, el presidente Duque) un tonto, un torpe, alguien que haga reír con frecuentes salidas en falso, pero como se le viene odiando desde antes de actuar, se le hacen montajes ex machina, al igual que en el mal teatro, siendo que el humor más certero es aquel que se desliza naturalmente de los hechos, el que el público espera.
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Sea como fuere, la caricatura libre, ofensiva, ensañada y perversa es preferible a la dictadura. Un colega me dijo que un caricaturista buena persona era mal caricaturista. Le respondí que él me parecía excelente caricaturista.