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Bogotá bajo la lluvia

20 de septiembre de 2009 - 06:11 p. m.

ME HALLÉ CAMINANDO POR EL CENtro de Bogotá, bajo intensa lluvia. Casi percibí el extraño sabor londinense, del que los clásicos bogotanos gustaban, cuando se unían un cielo de smog, el frío capitalino, los gabanes y sombreros húmedos y los paraguas. Ya no es lo mismo. Público en exceso, motorización saturada, desoladas y metálicas estaciones de Transmilenio, atravesadas en la estética urbana. El mismo frío y otra, muy otra gente.

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Tenía un anhelo secreto y lo realicé con asombro, mayor aún del que esperaba. Fotos había visto. De repente, el esperpento: un escultórico Carlos Lleras en no sé qué estilo posmoderno, depauperado, inerte, sin parecido alguno. Un remedo de gafas sobrepuestas, cual quevedos, sin conexión con la oreja, dan la impresión de que el bronce ya hubiera sido asaltado, como el Mariscal de Ayacucho, sin espada, en Chapinero.

¿Qué fue esto? ¿Quién de la familia Lleras, del Distrito o de la Sociedad de Ornato recibió esta obra burlesca, burda a propósito, fundido el metal sobre la huella de los primeros emplastes de arcilla? ¿Ninguno de ellos ha reparado en el imponente Churchill del Parlamento inglés, en su porte, en el giro de su cuerpo, en el equilibrio compositivo de su bastón?

Este Lleras, casualmente, pareció imitar en vida al Primer Ministro británico. Si no con el tabaco, por lo menos con el cigarrillo descolgado de los labios, en rictus displicente, la calva parecida, la actitud autoritaria. No quiero ni imaginar su ceño de enfado, si hubiera presenciado este atentado contra su integridad, se puede decir que física e histórica.

La estatuaria, muchas veces sin saberse a quién represente, ha de tener una cierta dignidad que respete a la ciudad y a los ciudadanos. Me quedo con las chatarras de Feliza Bursztyn y su obra del Mahatma, en la calle cien, al que simbolizó con unos fierros de taller, ennoblecidos a su manera. Pero allí no había intención ni remota de conseguir una semejanza, una memoria visual.

Lleras Restrepo fue gran estadista; en términos políticos, controvertido y polémico; hombre público, que llegado al poder, designó sucesor, pero al menos distinto de sí mismo y fue juicioso, muy juicioso ejecutor de funciones administrativas que poco delegaba.

Su lamentable efigie es apenas signo de la alarmante decadencia urbana. Que un alcalde de Bogotá, un curador o algún dómine de la cultura tropiece, al caminar por la Jiménez, con este pedestal pobre y simplón y levante la mirada hacia la masa informe, que acaso imita el inclinado de cabeza del personaje, al cual le adjudica unas manos huesudas, en actitud estúpida. Una vida de méritos públicos para terminar exaltada por un bulto escultórico afrentoso.

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