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Cinturones de tragedia

12 de diciembre de 2010 - 09:56 p. m.

NUNCA HE ENTENDIDO CÓMO LAS ciudades, generalmente las del tercer mundo, dejan con desidia crecer los llamados cinturones de miseria, que ocupan áreas a veces tan grandes como las mismas ciudades.

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Colombia ya es modelo de eso. Las comunas de Medellín son un capítulo lacerante y peligroso. Desde el metro cable se pueden observar, casi sin vías o prácticamente sin ellas, pues se pasa de una casa a otra atravesando sus tristes portales, saltando por encima de sus tejados o recorriendo oscuros parajes, escenario de películas como Rodrigo D.

En La capital de la República, con algo más de vías, pero en gran desorden urbano han crecido barrios asidos a las colinas, que bordean la sabana, la misma que encantó a Jiménez de Quesada (tal vez llegó en un día de sol). Barrios al sur y al norte, escarbando arenales, ocupando viejas canteras y, desde luego, desmoronándose.

No entiendo para qué existen, de tiempo atrás, burocráticos departamentos de planeación urbanística o los famosos curadores urbanos, o los rigurosos planes de ordenamiento territorial, si no es para evitar el desparrame de viviendas de afán y pobreza, que se van colocando, como en pesebre, sobre las laderas.

Soluciones de vivienda son prioridad a un futuro inmediato, pero hubiera existido una precavida visita a los asentamientos clandestinos o simplemente desordenados, para haberlos aconsejado y acompañado en sus soluciones urgentes. Difícil, a estas horas, remediar la desidia de la burocracia planificadora, que no merece el calificativo. Nada se planeó y la gente más humilde quedó a la espera del derrumbe, del aflojamiento del terreno o del acceso por interminables escalones. Medellín, como siempre, algo más avizora, les ha regalado la solución del cable a algunos barrios marginados.

Dejar las ciudades como están, más o menos hechas o contrahechas, no más obras a doble y triple costo, pues se incluye el robo al erario y pensar en organizar el desorden de los suburbios, que incuban violencia y donde se vive fuera de cualquier estándar humano.

“Desalojar, dentro de lo posible” recomienda el presidente al alcalde de Medellín, Alonso Salazar, tras la tragedia de la Gabriela.  Muy pálida esperanza ofrece tan tibia medida. Otro asunto es la reposición por las pérdidas, que, como es sabido, se convierte en un calvario de trámites y comprobaciones. “¿Usted tenía una casa en La Gabriela?”. “Sí, señor”. “Llene estos formularios, traiga testigos, si alguno quedó vivo, presente documentos que no se le hayan destruido, ¿ya tiene la cédula? Y espere a que el Instituto respectivo tenga el flujo de caja para resarcirlo en alguna proporción o acójase a la ley de víctimas, si la dejan pasar las directivas políticas”. “Listo, señor”. “ Y, por favor no llore. Deje eso a Vargas Llosa.  ¡El que sigue!”.

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