Maravilloso el concierto de la frontera, con música que a mí no me llega, lo que no tiene importancia. El tiempo es otro, los jóvenes de hoy son de varias generaciones posteriores a mi juventud, si acaso existió; el Miguel Bosé que yo conocí ya era pálido y demacrado hace 40 años —y amenazaba ruina— y solo me gocé la música y el sonsonete llanero de Armas y de alguno que otro. Pero qué señor espectáculo, qué cantidad absurda de público, qué manifestación músico-política tan abrumadora contra el régimen del dictador vecino.
Lo que siguió nos tuvo en ascuas. La enorme donación humanitaria embarcada en poderosos camiones sin posible acceso o con acceso permitido a regañadientes, para luego prenderles fuego en el territorio de destino, parecía condenada a malograrse. No entiendo cómo se pensaba entregarle un obsequio a quien no quería recibirlo, porque no se consideraba pordiosero ni estaba “mendingando” (así lo pronunció Maduro y la Academia lo admite como vocablo de baja estofa). Asunto complejo, porque el pueblo sí que necesita la ayuda y le es urgente, pero sus carceleros no se la facilitan.
Como los camiones no podían traspasar la frontera por los impedimentos físicos —los legales no importan mucho en ese zaguán fronterizo—, se pensó que los particulares llevarían la mercancía de salvamento a mano, sin que tampoco se supiera muy bien a quién fueran a entregarla o si cada portador dispondría de ella a su antojo, lo que terminaría en piñata. Finalmente se recogieron las órdenes y se devolvieron los camiones. La operación fracasó.
Del todo emocionante fue la llegada a territorio colombiano por vía clandestina del mandatario venezolano, al que reconoce el mundo; al parecer cruzó trochas y escondites, como en una película en que se burla a los malos para encontrarse con los buenos. Muchas y muchos reservaron lágrimas para ese momento, todo porque los ilusiona Guaidó, su juventud, su verdad, su condición de perseguido.
Ignoramos, lo ignoro yo al escribir estas líneas, qué vaya a pasar, si el mandatario interino se quedará en Colombia, lo que no puede ser porque es el presidente muy reconocido de otro país, o si se dejará capturar como Leopoldo, con lo que se daría al traste con esta primavera de libertad que hemos vivido, inclusive los que nos hallamos lejos de la ensoñadora llanura. Mientras la pesada fuerza pública no se desplace hacia Guaidó, como lo han hecho unas cuantas unidades, y ello puede ocurrir de un momento para otro, como se derrumba un monte de improviso, las cosas en Venezuela no van a cambiar.
Que no haya sido ilusión de un día, no tanto la caída de Maduro, cuanto la amistad que parecía renacer de este rescate que desde Colombia se le ha venido haciendo al país hermano en situación de desgracia. En estado de destitución, decían los viejos códigos.