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Cuando llegue el papa

12 de julio de 2015 - 09:00 p. m.

Estamos agendados, según entiendo, para el año entrante. Pobre papa, 79 años no van a ser fáciles para ser transportado por horas en una cabina presurizada, abrir la portezuela a todos los vientos, ver volar el solideo, revolotear la esclavina y respirar el aire helado de estas ciudades de altura.

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No es amigo de viajar, lo ha dicho y, también, que es apegado a su hábitat, como si lo condicionara una neurosis. Así y todo, su rostro sonríe, como el más amable de los papas, aunque contrasta con su cara más acerba.

El papa Francisco lleva una procesión por dentro. Sus pulmones no son completos, su cojera es evidente, así como la propensión a caerse, igual que el día de su elección en la Sixtina. El fiel prelado que lo acompaña, monseñor Guido Marini, siempre cerca, el que le pasa la hoja y más que eso, quien dirige el ceremonial con gestos discretos, no es, sin embargo, tan fuerte como para impedir un accidente.

Cuando llegue el pontífice o, mejor, Francisco, ojalá tengamos tan excelentes grupos corales como en Quito y Guayaquil; y ojalá tuviéramos iglesias de tan abigarrado barroco. Las multitudes y la religiosidad ecuatorianas no serán fáciles de equiparar.

Aunque aludido por aquello de los “liderazgos únicos”, el presidente Correa manejó su cercanía con el papa, hay que reconocerlo, con discreción. No la aprovechó para reforzar su imagen política, maltratada por estas fechas. Casi no se le vio o no lo proyectaron las cámaras, salvo, claro, en Carondelet.

No ocurrió lo propio con el presidente Evo, al punto de ofrecerle a Francisco el Cristo que hoy llaman comunista, incrustado en una hoz y un martillo, labrados en madera. Apelando a que tal imagen reproduce una talla del sacrificado padre Luis Espinal, disimular la intención política del símbolo es inútil. De parte de Evo pareció un desaire diplomático y, como anotaron diputadas de la oposición boliviana, el solo rostro del pontífice lo dijo todo.

Multitud incontable en Paraguay (¿quién puede contar un campo abierto?), donde el turno fue para las ideologías que suplantan la voluntad no consultada de los pueblos; allí estaba la vecina señora Kirtchner, al lado de un inexpresivo presidente Cartes, dueña ella del papa argentino, al que maltrató como arzobispo de Buenos Aires. Nadie sabe del esfuerzo de Francisco para acomodarse a cada país. Tal vez lo conozca bien monseñor Marini, cuya fidelidad impresiona.

A cuatro mil metros (aeropuerto de El Alto, Bolivia), donde la nave pareciera que debe ascender para aterrizar, se vio bajar al papa entumecido. Buena y hermosa manta blanca lo cobijó.

Habló, en general, por los ancianos y los “descartados”. Para aquellos, dijo, el mejor asilo es la familia. Y habló todo el tiempo en argentino, pausado y condolido.

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