Tal vez no sea muy apropiado ese nombre para significar que un Estado, presuntamente democrático, carece de poder legislativo. El más importante de los tres poderes, el que fabrica las leyes, el que emana del pueblo desde distintas esquinas, debidamente representadas. Se me dirá que decir Estado de facto es antinómico, pues si es de facto no es Estado. Y lo acepto, gracias.
Opiniones muy sesudas, de esas que uno respeta siempre, vienen diciendo que no importa el defecto presencial en las sesiones del Congreso y que la aplicación de herramientas y ventanillas electrónicas suple el desempeño del órgano representativo. Yo no podría creerlo. Y ya hay un decreto de emergencia que lo permite, porque el Ejecutivo se luce cuando legisla en forma extraordinaria.
Es cierto que el artículo 140 (C. N.) contempla como posible la reunión del Congreso en otro sitio, pero me parece que un rostro asomado por una ventana en pantalla, mal enfocado, desproporcionado, acompañado de una voz estentórea (como cuando María Jimena Duzán tenía este tipo de invitados electrónicos en su desaparecido espacio televisado), no reemplaza al parlamentario presente en el local de que se trate —el sitio, como tal, puede variar— y ha de tenerse en cuenta que habría casi 300 expectantes a asomarse por esos links digitales.
¿Cómo se pide una moción de orden?, ¿cómo se replica oportunamente?, ¿cómo se enfurece, si fuere el caso? Y casi diría: ¿cómo se le hace llegar el refrigerio al cuadriculado parlamentario, en uso del pequeño asomo de pantalla? En conclusión, la tecnología, aún imperfecta y dificultosa, no es suficiente para suplir la reunión del Congreso en las “condiciones constitucionales” a las que se refiere con acento perentorio el artículo 149 constitucional.
No hay Congreso, no es posible el Congreso. No es el caso de hacer el chiste irrespetuoso de que se podrían contaminar unos a otros, hay portadores sanos y los hay, por supuesto, que no son portadores de los males que se les atribuyen; no pienso darle el gusto al viejo amigo Enrique Santos, cuando, perdido en los foros del poder, me descalificó como humorista, que no lo soy ni es el talante de estos escritos.
Pero la falta del Congreso refuerza la tesis, que no escapa tampoco a varios comentaristas jurídicos, acerca del afianzamiento indebido de poder que adquieren en estas calamidades y emergencias los más altos heliotropos de la rama ejecutiva, con asomos dictatoriales.
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La chaquetica del presidente Duque con su nombre bordado ha sido tema de distracción. Nadie, al verlo, con el bucle arreglado y su buena presencia, ha dudado que se trate de él. Sobra decirlo. La moda en Palacio sigue teniendo salidas en falso.