Un acto final en el Colón: gran lanzamiento de once tomos sobre la paz de Santos, para su consulta en bibliotecas públicas y el anuncio de una estampilla (¿otra?) en honor del mandatario que pacificó el territorio nacional.
El servicio postal llevará, pues, la imagen del Nobel de la Paz sobre las cartas de amor y las otras, si es que aún existen las cartas. El sabor es el de una selfi oficial, con la efigie del mandatario que la ordena. De reyes y príncipes está llena la filatelia.
Asisten al acto los diplomáticos acreditados en Colombia y las víctimas de mostrar, nunca las otras (no está un Frank Pinchao, una Clara Rojas, un general Mendieta o una Sofía Gaviria, no), víctimas en cuyo resarcimiento dicen que se hace todo, y no en honor de un mandatario, ajeno al elogio. Vendrán después, ya veremos, los nombres de barrios y de escuelas públicas (Ruta número tal, a la Estación Juanmanuel, Usme e intermedias).
Los libros, que no creo fáciles de leer, salvo en una que otra página por sumisos estudiantes, deben ser once tomos de verdad revelada, de historia atrincherada, de documentos tipo mamotreto, como el que nos vimos obligados a revisar y que nos copó tres horas seguidas y un Dolex. El esperpento aquel que algunos protagonistas piensan que dejaron consagrado como tratado público, en extensión a los protocolos de Ginebra y allí depositado a perpetuidad.
El inefable presidente deja un mando de cinco períodos, dos ejercidos personalmente y tres más obligados por Constitución que pretende blindar su principal obra de gobierno; preguntándose cualquier estudiante de derecho público si un funcionario democrático de período fijo puede comprometer la acción de sus sucesores, por medio de legislaturas amigas.
Ahora Juan Manuel Santos afirma que el presidente electo, cuyo triunfo significó una derrota para el régimen (el mismo que hoy lleva al jefe político ganador a los tribunales), ya acepta los acuerdos habaneros, que llama inalterables. Como si en derecho las cosas no se pudieran deshacer como se hicieron.
No será extraño que si se trata de maniatar al nuevo presidente, de encarcelar a su jefe y de querer triunfar de nuevo en la derrota, se haga necesario apelar una vez más al pueblo en plebiscito, lo que se sumaría a otras consultas anunciadas. A una democracia plebiscitaria nos llevaría la necesidad de corregir los anteriores abusos de poder, como también complacer la vanidad de quienes buscan votos sobre distintos temas que lleven su nombre.
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Querer llevar a la cárcel al contendor político que ha triunfado no es para nada democrático y en este caso el hecho tiene su origen en quienes propician dictaduras socialistas para después de Duque, dándose por ahora un anticipo de lo que sería una prisión política.