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Dicho y hecho

27 de enero de 2020 - 12:00 a. m.

Era clarísimo que la manifestación del 21 terminaría en desmanes. Se dijo y se repitió que sería pacífica, que se pondrían en práctica determinados protocolos y hasta un batallón de madres (bien podría llamarse el Esmadres), el mismo que ante el fracaso final, la Alcaldía desconoció como suyo.

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Atemorizados por la avalancha de marchantes, por las multitudes que a cualquiera estremecen, los nuevos alcaldes quisieron tener un pie en la protesta y otro en el gobierno. La alcaldesa de Bogotá dejó entender que se trataba de una expresión de inconformidad con asuntos nacionales, para nada de su incumbencia.

Es que una cosa es estar en el gobierno y muy otra estar en la oposición, cambio que descompone al recién posesionado cuando se encuentra dentro del monstruo amorfo del poder. Que tan solo cuatro veces —y no es poco— se apeló en Bogotá al escuadrón antidisturbios, dicen funcionarios de la Alcaldía. El director de la Policía, en cambio, afirma que fueron muchas más veces. Con esa temible escuadra o sin ella, a los alcaldes de Bogotá y Medellín —que están “buñuelos”— se les pide en redes la renuncia, lo que es una exageración, pero se les salió de las manos el control del orden público y no se olvide que en esta específica materia, los funcionarios de elección popular le responden directamente al presidente de la República.

La crítica es fácil y el arte difícil, es frase de Amado Nervo, que bien puede aplicarse al arte de gobernar. Y que toca igualmente con todos cuantos hemos ejercido la crítica por años.

***

Cuando la izquierda no puede llegar al poder por las urnas —y la democracia no está en sus planes— apela a la revuelta, inclusive a los aparentemente inofensivos cacerolazos, que son los mismos que dieron al traste con la presidencia de Carlos Andrés Pérez, de Acción Democrática, en Venezuela. Dizque por corrupción y qué tal la que se destapa ahora en la satrapía de Maduro, cerrada por dentro y por fuera, dado el apoyo de las potencias orientales.

Echaríamos de menos la presencia gratificante de un presidente nuestro, que se debe a alguien como todos cuantos han sido, pero que se desenvuelve en su fácil inglés con Al Gore, el príncipe Carlos y otras personalidades mundiales, en un Davos, a donde no asoma Maduro. El problema con el presidente Iván Duque no es que se quede corto en palabras sino su excesiva locuacidad. Saber resumir y saber callar es propio también de la mejor expresión verbal.

Volviendo a la alcaldesa de Bogotá, esperemos que doña Claudia se desentienda de hacer parte de las protestas, toda vez que ella empieza a pertenecer a aquello contra lo cual se protesta, que es cualquier forma de gobierno, y entre a gobernar y a garantizar la armonía de la ciudad y la defensa de los bienes públicos.

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