Dureza que no le conocíamos mostró el bien admirado por mí, señor Salazar, arzobispo de Bogotá. En esto de las uniones llamadas gay, el prelado había entregado respuestas a la prensa de una mayor comprensión si bien apartándose de utilizar el término matrimonio.
A mí me parece que, en realidad, es un vocablo usado de tiempo inmemorial para otra cosa. Habría que ensayar un término distinto de similares consecuencias. Es como decir que himeneo, expresión antigua para significar la unión conyugal, fuera apropiada para este tipo de enlaces. En algunos de estos, cualquier alusión al himen estaría excluida por sustracción de materia.
Pero se entiende que las personas que quieren contraer este vínculo de amor y solidaridad, nacido de un atractivo intragénero, más común de lo que se niega, se sientan discriminadas, porque no se les otorgan iguales derechos a los consagrados para el supuesto tradicional de hombre y mujer, unidos en matrimonio.
La jurisprudencia ya les reconoce a estas parejas diversas ciertas prerrogativas jurídicas y últimamente exige que, en suplencia de una reglamentación específica, se les permita acudir a notarías o juzgados para formalizar un contrato de unión, a la verdad inopinado, por lo mismo que no previsto en los cánones rugosos de la moral, de la sociedad y del derecho.
Verdad que algunas cosas quedan por fuera si de igualar ambos vínculos se trata —el novedoso contrato y el matrimonio—, tales como los derechos que nacen de la afinidad, la definición misma del estado civil y el concepto de familia, que por cierto la Corte concede a las nuevas parejas. Y es lo que más se teme por parte de quienes se oponen a esta modalidad de compromiso: que por igual vía se llegue a la adopción, otro capítulo envenenado como el que más.
La adopción, esta sí que es contradictoria. No imagino al ser que llega a la vida formándose en medio de manifestaciones amorosas que difieren de los afectos comunes. Por lo demás, me hago a la idea de que la falta de una madre en la primera crianza es insuperable. Véase no más, bellamente ejemplificado el caso en la cinta aquella de Pablito Calvo, el Marcelino, adoptado por unos frailes encartados con la criatura, un clásico del cine español.
Se diría que en el lesbianismo habría dos madres, a falta de una, con el inconveniente arriba dicho, y por supuesto estimo que no se trata de adopción cuando no lo es, sino la continuidad de la paternidad o maternidad biológica de alguno de los dos.
Me resta agregar que si la forma de unión solemne está bien, no valdría asimilarla a matrimonio, lo que acabaría asignándole un papel ridículo a cada uno de los contrayentes, pues en ningún caso se trata de marido y mujer. Lo cual no iría con la dignidad de las personas, para las cuales se reclama un derecho igualitario.