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Dos frases

16 de marzo de 2014 - 10:00 p. m.

Que los candidatos se dividen en dos: los que ganan y los que le reclaman a la Registraduría, es frase que se atribuye al propio registrador, don Carlos Ariel Sánchez.

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 Es un adagio ingenioso, pero sólo vale como tal. Porque de los que ganan nadie espera que reclamen y produzcan ruidos en el sistema; de los perdedores, en cambio, en presencia de irregularidades, es propio que pidan investigaciones.

Y esto último está ocurriendo. Yo me quedo aterrado con lo que le oigo decir de viva voz a doña Paloma Valencia: que ocho mil mesas, ya contadas, no reportaron votos por el Centro Democrático. ¡Fueron omitidos! Esta sola ocurrencia desestima la credibilidad en los resultados, por los cuales el presidente Santos felicitó, en irónica frase, a su rival y antiguo patrón destacándole su “decoroso segundo lugar”.

Ironía tanto más dolorosa cuanto fundada en dicha manipulación de resultados, no necesariamente atribuida al presidente. El llamado Centro Democrático venía encabezando las tendencias y de pronto éstas se descuadran, se va la luz en algunos lugares de la Costa y a la noche ganan y festejan con Santos sus conscriptos de la U. Es, literalmente, el poder de las tinieblas.

Allí, en los gozosos están todos, Sergio Días-Granados, el jefe; viene en camino Simoncito, al pantallazo con el presidente; está uno de los Galán, en quien hay puestas tantas esperanzas, y se espera que lleguen los conservadores apóstatas, escapados de su propia convención, que los conduciría al asfalto.

Las tendencias electorales no se modifican salvo por artilugios mañosos, como ocurrió para la historia en las presidenciales del 70, cuando el candidato oficial fue de hecho derrotado por la insensata pero efectiva reelección del dictador Rojas Pinilla. Ese 19 de abril ocurría, en realidad, su primera elección como presidente de la República, pues antes había usurpado el mando.

Ya he contado mi vieja historia de la calle 46, en Bogotá, cuando curioseaba los puestos de votación. Por la carrera 13 rodaban desalentados los autos americanos de la época con cartelones del derrotado candidato oficial. Uno de ellos, repleto de niños, paró en la gasolinera de la esquina y Lorenzo se acercó a preguntar: “ganó el general”, le contestó como en gran secreto uno de los chiquillos. Era la imagen exacta de lo que se vivía esa tarde en la ciudad.

Ya en casa, Lorenzo siguió escuchando las noticias con mayoría ascendente del general. Yamid Amat, al habla. Cuando cayó la noche, el presidente de la República interrumpió drásticamente la transmisión de datos, encomendó a su ministro de Gobierno la recepción de los mismos y amaneció ganando por escasos votos el candidato del Frente Nacional. Fue el episodio del reloj. El fraude se había configurado en la triclave del sur del país, reveló años más tarde el propio ministro en jugoso libro autobiográfico.

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