A pocos les ha ido tan mal como a Bolívar con la implantación del llamado socialismo del siglo XXI, primero en Venezuela, replicado en otros países de América del Sur y últimamente en la Alcaldía de Bogotá.
La política es una cosa y el arte es otra. Líderes cultos tanto de la izquierda como de la derecha han respetado joyas y tradiciones artísticas, cuando el ajetreo de la revolución o las guerras entre naciones no las han destruido o bombardeado. Algunos conquistadores de países se las han robado como Bonaparte, todo lo atrabiliario que ello sea, pero que significó su extraño aprecio por el arte y su conservación.
El palacio casa de Miraflores, sede del gobierno venezolano, está bellamente decorado con obras de reputados maestros de la pintura. Campea el pincel de Francisco Arturo Michelena, cuyo solo cuadro de Miranda en prisión (y no sé bien si está en Miraflores) recuerda a Rembrandt o Rembrandt recuerda a Michelena. Heroicas representaciones del Libertador cabalgando son de su autoría.
Chávez llegó. Oficial de tropa, preso por rebelión, quiso imbuirse de cultura bolivariana y tomó como escudo al prócer respetado en cinco repúblicas, para hacer con él de las suyas e inmiscuirlo en sus atropellos a la democracia y a la cultura. Curiosamente, quien es figura del conservatismo colombiano ha sido para el venezolano y sus herederos figura revolucionaria de extrema izquierda.
No importa. Lo que más puede ofender la memoria del Libertador, quien prefirió a la Nueva Granada como sede de sus operaciones, donde fue presidente y murió, es el cambio de su propia imagen, resultado de estudios poco fiables de fisonomistas. Ese tal retrato hablado es de pésimo gusto e injuria las nobles paredes de la casa de Miraflores, haciendo lucir mejorados a los jefes socialistas.
Ya llegó a Colombia el sinsabor del arte revolucionario. Ni que hubiera sido embalado en los camiones recicladores, donde nacían plantas, abonadas por la mugre y el óxido. Un magnífico cuadro del fundador de la ciudad de Bogotá, don Gonzalo Jiménez de Quesada, que presidía el salón principal de la alcaldía mayor de Bogotá, ha sido desplazado para dar lugar a una creación bolivariana de colores intensos y banderiles, primarios por supuesto, con una rara imagen del Libertador, mascarón y estandarte de la revolución de Chávez, quien, como digo, lo adaptó a su pensamiento o, mejor, a sus prácticas.
Una cosa son las ideas políticas y otra el mal gusto. Uno puede no estar de acuerdo con Vladimir Putin, pero su sede en el Kremlin es exquisita. Así mismo el libertador Simón Bolívar, de tan profusa iconografía, bien merece conservar la representación conocida, de las cuales la de José María Espinosa parece ser la más acertada.