NO VOY A CRITICAR A ENRIQUE PORque tenga un hermano presidente ni al presidente Juan Manuel Santos porque tenga un hermano Enrique. Estas cosas ocurren.
Está confirmado, eso sí, lo que algún día se dijo acerca de las muy pocas familias que manejan las cuerdas del poder en este país. Se supone que somos una democracia, pero nunca las oportunidades son iguales. Misael Pastrana tuvo como programa de gobierno igualar las oportunidades, junto con aquello de llevar la juventud al poder, metas que no logró, pero su hijo sí fue presidente, habiendo empezado muy temprano a presidir el Concejo de Bogotá.
A un miembro prominente de una de tales familias se le oyó decir que a este país lo seguirían gobernando los López y los Santos. Dicho y hecho: el actual presidente, delfín del tío Eduardo, le ha comentado a Clara López, sobrina nieta del presidente López Pumarejo, la curiosidad de ser él quien la puede escoger como alcaldesa de Bogotá —lo que parece decidido—, en uso del “derecho de ternada”, llamémoslo así.
Nada de eso está mal. Son gente honorable y buena, sólo que poderosa, sin remedio. Con los Gómez y los Ospina, en el Partido Conservador, pasó lo mismo, menos poderosos, claro está, porque la historia la perdieron en manos de los medios de comunicación contrarios y en la desfiguración constante de su discurso público.
Una destacada columnista de este diario titulaba en días pasados algo así como “Laureano y sus pantanos”, para referirse, en algún contexto desafortunado, a una frase del epónimo líder, como tantas otras que le han ido colgando a su memoria.
De Laureano se dice cualquier cosa, se utiliza su nombre por izquierdistas y neoescritores a manera de estribillo, sin réplica posible. Que se repartieran las tierras, no las ya ocupadas, sino los pantanos desecados especialmente para los campesinos. Si lo dijo, no lo sé, creo en las fuentes que tenga la columnista, pero no parece probable que un ingeniero contemplara esa posibilidad en rondas y humedales, con consecuencias previsibles.
Enrique llora de emoción en el hombro presidencial de su hermano, en quien nunca creyó. Y le reconoce el mérito de su victoria electoral, habiendo sido hombre negado para la articulación de las palabras y la oratoria, así como para el trato directo con el pueblo.
No le reconoce, en cambio, al rival de su hermano, al distraído Antanas, haber sido el gran elector de Santos, gracias al desconocimiento político del que aquel hizo gala y con el cual dilapidó su gran favor popular.
Cátedra de gobierno le da Enrique a su hermano menor al final del reportaje de El Tiempo, que es trasfondo de este comentario. Todo eso está muy bien; recuerdo cómo por gracia de las reuniones del gran Jaime Garzón, llegué a conocerlos a ambos más de cerca. Todavía me sorprendo mucho de que el presidente se llame Juan Manuel y no Enrique Santos Calderón.