EVOCO AL JUGLAR, UN CANTORCIllo de fábula pastoril, que va por los caminos, caramillo en boca (léase flauta), desenfadado, inocente, con pobre traje y ojos limpios y claros, como el cielo mismo de sus andanzas.
Así he visto siempre a Antanas Mockus, con afecto, sin atender a sus conocimientos y títulos y a su indiscutida categoría intelectual. Este juglar, salido de la Bucólicas de Virgilio, apela frecuentemente a su alma de niño y a su espíritu incontaminado, con el que cautiva a la opinión, para transmitir categorías conceptuales que no logra comunicar con palabras. Muchos no entendemos al Mockus discursivo, cuando se muestra como un genio dubitativo y sorprendente.
Una cosa es gozar del espectáculo de su presencia pública, pero otra es verlo o imaginarlo como presidente, especialmente si el que lo mira está apegado a formas clásicas, a las que se ajusta tradicionalmente la representación de un país.
Por supuesto que estos son otros tiempos y otros usos y costumbres. No es sino observar a los presidentes de hoy, en esta América desaliñada: ¿repararon en cómo asistió a su posesión el Pepe Mujica?, ¿qué es lo que lleva encima el presidente Lugo, un traje talar o un liquiliqui?, ¿qué me dicen del único jersey del Evo o de las vulgares proclamas y aun relatos de inaudita frescura de Chávez Frías y del retrato de Bolívar, en colores arrebatados, que preside sus intervenciones?
Por estos días le preguntan a uno: ¿qué piensa de Mockus? Una vez me quedé corto y respondí que me parecía divertido. Aunque también he dicho que la llamada “ola verde” que se ha desatado como un ciclón y que se acerca a las definiciones de mayo, puede ser interesante como reacción a lo que se deja atrás (un poder abusivo, reeleccionista, de inteligencia dictatorial).
Pero, bueno, nada habrá que reclamar después cuando, imbuido de poder, el posible mandatario comience a hacer pilatunas desconcertantes. En cualquier momento el juglar podría arrojarle un vaso de agua a un diplomático, salpicando al Nuncio de Su Santidad; o subirse a un elefante y proclamar desde lo alto un código de ética o despojarse de la ropa y declararse en facultades extraordinarias. Para la gente de hoy nada de eso es importante: a Mockus se le quiere con ropita o sin ella.
Hay un tiempo para todo. El que llamo juglar es sin duda un educador social, pero no sé si éstas sean horas de aprender. Frente a la alternativa de su émulo de segunda vuelta, tocaría reeducarnos con Mockus, al vaivén de las dificultades. Algo así como el país en las bancas escolares y las balas en las vidrieras.