Tal vez si le dicen a Juan Lozano, opuesto a la reunificación liberal, que ésta consiste en convertir el partido de la U en el partido de la L y que se trata de honrar la primera letra de su apellido, le dé el visto bueno a la idea. Es, por supuesto, una broma, pues Lozano es hombre sin vanidades conocidas.
En aras de la modernidad, se utilizan letras, apócopes, siglas o vocablos comunes y bisílabos, como Polo o Verdes, para identificar movimientos políticos de coyuntura, poco perdurables. Don Juan Lozano afirma que volver al nombre genérico de Partido Liberal es apelar a la nostalgia y que su partido, el de la U, tiene vocación de futuro.
Discutible. La U, aparte de haber tomado como emblema la letra inicial de su autocrático jefe, es una de tantas derivaciones del Partido Liberal, de centro izquierda, el mismo que, en las largas épocas del bipartidismo, colmó de hechos la historia nacional. Pudorosos porque el personalismo de su nombre no jugaba bien en la democracia, los de la U inventaron una perífrasis explicativa como es la de Partido Social de Unidad o qué sé yo.
En la historia nacional no se encuentra, por ejemplo, a un Bolívar al que se le hubiera ocurrido fundar un partido de la B, ni a un Santander, que denominara a sus seguidores (y conspiradores) como partido de la S.
Esta última letra, por cierto, serviría hoy, en hipótesis insensata, para un partido de Santos, en auge. Y, como es de uso, se disimularía el personalismo diciendo que esta S no lo es por Santos sino por el Saneamiento Nacional, según han sido las denuncias que se hacen y que mantienen crispado al antecesor.
Estaría bien regresar a la vieja denominación de Partido Liberal, a secas, pero ello no va a ser posible por los intereses creados y porque el señor del apellido por U, como quien dice, el epónimo, se negará en secreto a ver desaparecer el último vestigio de su poder, en vía de extinción.
Sigan, pues, repartidos en grupos los viejos liberales hasta quedar reducidos y a punto de perder cada cual su personería y siga la U, “con vocación de futuro”, cuando lo que empieza a verse es que está fuera de uso, pues del uribismo se ha pasado al santismo, que es algo parecido, pero tiene, como decía el gran Félix de Bedout, mejores modales democráticos.
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En este primer año de Santos no ha pasado mayor cosa y algunas cosas cuánto mejor que no hayan pasado, como las peleas con los vecinos o los rompimientos políticos o con las cortes, que hasta hace poco no los había. Ha faltado, y es pésimo, alguna intención de salvamento para los eternos secuestrados.
De contar queda el manejo, un tanto de lejos, de la tragedia invernal; el duro golpe a Jojoy, aunque la muerte no es nunca la mejor solución, y la presidencia de Unasur, en la persona de “María Bonita”.