Se podría decir que no conviene a la consolidación de la paz revivir las atrocidades, que por otra parte están en su derecho de relatar las víctimas del conflicto. Las hemos visto y escuchado por estos días mientras refieren las torturas padecidas ante los inefables tribunales de la Jep, humilladas, llorosas y razonablemente furiosas.
Los relatos de tales infamias, ocurridas no en una sola ocasión, sino en una continuidad y prolongación que supera los campamentos de Hitler, difícilmente van a encajar con la implementación como partido político de quienes las cometieron y aspiran a ser dirigentes del país desde sus instancias más altas.
¿Qué país somos si proclamamos los postulados de la civilización y somos gobernados por quienes han sido una muestra mundial de lo contrario? Esto asombra escuchando a víctimas como a un Luis Eladio o a un Oscar Tulio Lizcano o aun a la propia Íngrid, desde Francia, en quienes el sentimiento del dolor, de la humillación, de la pérdida de la libertad por años está vivo en sus mentes, solamente olvidado por el resto del país indiferente porque el tema, si lo tocó en un momento, definitivamente no lo hizo suyo.
Un asunto dramático que se dejó ver en medio de las tremendas historias fue el ruego que le hizo a una de las víctimas quien fuera importante facilitador para que viajara a La Habana y ella se negó, a diferencia de otras que fueron transportadas a recibir de sus captores un simple “fue un error” y así quedar absueltos ante Dios y ante el mundo.
No se trata de hechos que hieran solamente los sentimientos. Tampoco es algo que se solucione con que a mí no me tocó y olvidémoslo. Son, con los falsos positivos, los crímenes más graves que han ocurrido en la historia nacional. Todavía nos alumbraba algo más de civilización y cristianismo en las épocas antiguas cuando las guerras tenían cierta nobleza y sabíamos respetar en la piel del otro lo que en la nuestra duele. No se ejercía tan cobarde crueldad sobre los prisioneros.
***
Asistí con gusto a la posesión del nuevo rector del Colegio Mayor del Rosario, doctor José Alejandro Cheyne, en presencia del cardenal arzobispo y del presidente Duque. Gran concurrencia, hermoso el acto, el Claustro y la Capilla de la Bordadita, patrona del Colegio Mayor.
Me pareció práctico el final de acto manejado por la secretaria general, doctora Catalina Lleras: “se ruega al público permanecer en sus puestos, mientras el señor presidente abandona el recinto”. Dijo algo así y fue efectivo. Pareció que el presidente hubiera tenido que obedecer a esa voz y retirarse, pero seguramente estaba convenido; lo cierto es que se evitó que el coctel se volcara sobre el mandatario. La ilustre secretaria es estirpe Lleras.