LOS PERIODISTAS SON AHORA MUY jóvenes o eso me parece, cuando soy yo quien se ha hecho viejo. No está mal y así debe ser para renovar y porque la ardua labor periodística reclama energías frescas.
Pero ocurre entonces la mayor deformación histórica, como es la que proviene de las opiniones sesgadas que se transmiten de generación en generación. Varias veces he dicho que el Partido Conservador histórico y sus epónimos jefes no sólo perdieron elecciones sucesivas y órganos de difusión, sino que perdieron la historia.
Leo en Semana un perfil sobre el procurador Alejandro Ordóñez donde se le atribuyen dotes oratorias y firmeza ideológica, que podrían hacer de él “el sucesor de Laureano Gómez”. El periodista, al que imagino muy joven, parece manejar una historia de oídas acerca de este líder legendario.
Laureano fue gran orador, no trastabillaba, al menos antes de haber sido envenenado, según se dijo, en el propio Congreso. La gente se peleaba los palcos del Capitolio para escucharlo y tirios y troyanos aúnan opinión al respecto.
Laureano nunca fue procurador y menos del amaño de algún jefe del Ejecutivo. Se le llamó “gran fiscal de la Nación” por su verbo implacable contra la corrupción, que ocasionaba temor objetivo y reverencial.
Laureano fue católico, pero no perteneció a fraternidades de ultraderecha, en tiempos en que sus adversarios no tenían empacho en afiliarse a sociedades secretas, que para ese entonces eran látigo de la iglesia.
Laureano ejerció la crítica, sin que escapara a ella la propia jerarquía eclesiástica, en especial cuando ésta se inclinó ante la dictadura que lo derribó del poder. Hazaña que le exigió, para su tiempo, gran independencia y coraje espiritual.
Le achacaron como consignas palabras suyas tomadas de alguna conversación privada ( “guerra civil”, “ atentado personal” ), las que explicó, como lo anota su biógrafo Alberto Bermúdez, en su contexto original, cual era el de prevenir al país acerca de un recrudecimiento general de la violencia.
Los periodistas asocian malamente la llamada caverna con Laureano Gómez, porque no conocen a cabalidad su historia o la reciben sin inventario y con los antivalores que les suministra la izquierda más áspera y sectaria. No han hojeado, por ejemplo, El Cuadrilátero, en donde Gómez, por el año 34, es pionero en denunciar a Hitler como amenaza mundial. (“Hitler no es un grande hombre. Por la puerta del crimen no pasará Alemania al dominio de la humanidad”. Ojo, año de 1934, edición de 1935)*.
* Ruiz Santos, Compilación, Obras de L. Gómez, tomo III, pag. 172.