Eso nos faltaba. Que el Santo Padre Francisco sea condenado a la hoguera por el político y rector, don José Galat, en condición de hereje. Sorprende este dislate no sólo por el sentimiento popular de veneración al Pontífice de la tolerancia y la comprensión humana, sino por el reconocimiento de que el pasado hay que dejarlo en su sitio histórico, enterrado en la nostalgia de formas y devociones que tuvieron extraordinaria belleza, aunque bajo duros conceptos.
Lo de antes ya no es, qué pesar, en cuanto a ciertos temas. La ampulosidad vaticana impresionaba; era, y todavía en mucho lo es, una corte regia europea. No puede desprenderse la iglesia de toda una instalación artística, de tesoros que ya no son suyos sino preseas de la humanidad, como basílicas y museos vaticanos, con la pintura y escultura de genios, cuya enumeración sería larga.
Muy pocas cosas han podido variar. El santo papa Juan XXIII medianamente pudo prescindir de la silla gestatoria y Paulo VI dejar a un lado la tiara en oro de una sola pieza, que le fue obsequiada. Aunque es cierto que a Benedicto XVI le hicieron revivir ornamentos del pasado, comenzando por su nombre que data de tiempos de la primera guerra, no recuerdo haberlo visto bajo una pesada corona, aunque sí en zapatillas rojas, gorros y esclavinas de armiño, que tienen cada una sus nombres específicos.
Pero Francisco, con su inarmónica figura, que encierra chalecos ocultos bajo la sotana blanca y pantalones negros, con sus botas ortopédicas igualmente negras, luce bastante sencillo, dentro de lo que cabe, pues su preeminencia, sus guardias suizos y las multitudes asediantes, de todos modos lo exaltan como el egregio. Son apariencias externas, que parecen cambiar más lentamente que la doctrina, porque se le ve dar un salto grande en temas de interpretación que, bueno, no es el caso tocar. Él mismo ha mutado del arzobispo que fue de Buenos Aires, para algunos acosado y vencido por la dictadura militar.
Por supuesto los temas de Galat son viejos, sus infiernos son largos y sus salvamentos de alma selectivos, por lo que la generosidad que irradia Francisco le resulta extraña, cuando es la que ha abierto compuertas a la humanidad ahogada en el prohibicionismo.
No dudo de que José Galat merece el respeto a una larga fidelidad, que se le desconoce con otra intolerancia, la sancionatoria del báculo inclemente, que hoy podría ser más suave y no aquel retorcido tubo metálico, rematado en cruces.
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Generacionalmente se puede entender lo complicado que es para un hombre religioso crecer en Trento, vivir el Vaticano Segundo de la apertura y el aggiornamento y finamente quedar sujeto a la jerarquía de quien no quiere mostrar la dureza del emperador, sino la bonhomía del Siervo de los Siervos de Dios.