La recurrente Semana Santa, como la recurrente Navidad, cada una precedida por largos días de cuaresma o de adviento, no dejan morir la fe de los fieles, ciclos que determina con criterio pastoral el calendario litúrgico.
Para quienes nacimos en una fe y la conservamos, sin imponerla a los demás, agnósticos, tibios o indiferentes, estas recurrencias, que de algún modo nos interrumpen, las aceptamos sumisos. Bueno, para la Navidad, que es una fiesta, nadie se queja, salvo el bolsillo, pero frente a los lúgubres días santos, el escapismo cunde.
La tragedia de Cristo, quien de líder popular pasó a reo convicto y degradado y muerto, no por sabida deja de conmover. La imaginería quiteña y española le añaden dramatismo hasta llegar al célebre Cristo de Limpias, salpicado de sangre; si bien la humanidad está más que acostumbrada a que el signo de la cruz y el de un hombre desnudo desgarrándose en ella, se haya convertido en logo, en dije, en joya y presida grandes salones profanos o compita en el arte de talladores y orfebres. Es “el leño de la cruz” un símbolo contradictorio de victoria.
El sacrificio de un ser humano, sometido previamente a degradación y miseria, es algo que se repite a diario en el crudelísimo mundo. Y no son víctimas que se conviertan en joyas y pedrería. Son ignoradas; pocas veces se las repara, en sus familiares sobrevivientes, y si acaso son llamados al rincón de un salón para pedirles perdón, en voz tenue, por haber asesinado en carretera a su madre y hermanos y a quienes los guardaban: “fue un error”.
Pero unos son los crímenes de realce y muchos más los del acontecer diario, cometidos siempre de un modo canalla y cobarde, como cobarde fue el imperio romano en contra de este palestino, que no reveló su identidad ni llamó a su ejército de poderosos tronos angélicos y dominaciones, que bien lo hubieran guardado de sus enemigos humanos. ¡Qué horror el ser humano! ( y qué modesto el divino ).
La Iglesia instituyó estos días como sagrados y muchos —asombra que muchos— los tienen como tales, pero al coincidir las fiestas religiosas con las vacaciones de trabajo, una mayoría de “fieles”, con pocas oportunidades de disfrutar los sencillos placeres de la vida, las toman como pausas necesarias.
Me ocurrió el pasado viernes que alguien exclamó delante de mí: “cierto que hoy es día festivo”. A lo que repliqué, cristiano viejo que soy : “día festivo no, ¡hoy es Viernes Santo!”.
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La programación “Trapitos Goldwyn Mayer”, como podrían llamarse las películas de estos días por esas tiras de ropa y lienzos cubiertos de arena, tiene cosas buenas, pero acaba fastidiando el tono español de los doblajes: “id a por el cabrito, chavales; decid que el Señor os manda, jo”.