Bernardo Ramírez, quien fuera ministro del presidente Betancur, usaba la palabra “gauchada” con el sentido de acto generoso en extremo, de entrega o dádiva de sí mismo a los demás. Como largueza de gauchos en la pampa.
En ese contexto del presidente Belisario, de Bernardo, su alter ego, siempre pensé en el gran error que el presidente cometía al echarse sobre los hombros la responsabilidad de lo ejecutado por las fuerzas militares durante aquellas horas de noviembre de 1985. Pensó, quizás, que sería cobarde dejar a su tropa enredada en el desastre de un operativo que resultó funesto. Pero ciertamente no ordenó él la entrada de los tanques Cascabel ni el lanzamiento de rockets que incendiaron la Casa de la Justicia, asaltada por el Eme 19, donde pereció media Corte Suprema y por supuesto los guerrilleros, como lo previó Almarales: “Aquí nos van a tostar a todos”.
El presidente y su gabinete estremecido, permanecían a buen resguardo. Entre sí los militares se comunicaban con sigilosos códigos (“Coraje seis”). Al palacio presidencial llegó hacia las cuatro de la tarde el ministro de la Defensa, general Miguel Vega Uribe, emparentado, por cierto, con el encargado de la plaza, el hoy coronel (r.), Alfonso Plazas Vega.
Belisario recibía esa mañana a una delegación oriental en el salón amarillo, cuando le fue entregado un papelito sin importancia aparente. No se presentía la tragedia. El secuestro de las Cortes y la amenaza de juzgar al presidente resultaban intolerables. Cuando supo de la muerte de Alfonso Reyes Echandía, la primera que se conoció, se llevó las dos manos estremecidas a la cabeza. Las cosas se habían salido del cauce, más o menos ordinario, del desorden público.
El resultado, a la hora de la quema, no pudo ser peor: media Corte asesinada, ciento y pico de rehenes muertos, con balas confundidas entre subversivas y oficiales y lo que se vino a conocer después: los desaparecidos del Palacio de Justicia, verdadero fantasma que desde entonces asuela los rincones del viejo y del nuevo edificio del Derecho.
Belisario, el amigable, el pacifista, el que propició indultos y amnistías, Belisario el dialogante, el que llevó guerrilleros a saludar al Papa en Casa de Nariño. Confieso que allí me vi, periodista invitado, frente a tenebrosos personajes y no pude ver al Papa, salvo un solideo blanco que flotaba entre las cabezas de un mundo de Albertos Pumarejos (como diría el Tuerto López ).
Belisario, el siempre sonreído y cordial, se echó esa carga y ese cargo encima de sus hombros amagueños, su pueblo natal, donde fue niño de pie al suelo. Belisario, al que aplaudiera en pie (calzado) la Asamblea de las Naciones Unidas, cometió la “gauchada” de asumir la responsabilidad que delegó y de la cual ha podido zafarse y por ende del militarismo y del poder, a causa de todo lo acontecido, vaya si a sus espaldas.