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Gavilla

21 de septiembre de 2014 - 10:17 p. m.

Los que no vieron el debate de la Comisión Segunda contra Uribe fueron afortunados. Debieron pasar el día en sus asuntos ordinarios. Para estos el país seguirá lo mismo, medio país gobiernista, medio antigobiernista.

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Quienes asistimos por la televisión quedamos con los pelos de punta, presagiando horas difíciles para esta Nación y creyendo, como digo, más felices a los que no se enteraron de tanto odio concentrado en ese recinto y tan opuesto a la engolosinada palabra “paz” y al inefable “Soy Capaz”, esfuerzo intelectual de la Andi.

Muy sacrificado, el presidente de la Comisión, Jimmy Chamorro, salió al final, como casi todos los participantes, a poner su respectiva denuncia por calumnia, pues no se salvó del contragolpe de Uribe.

Prácticamente llevado a las barras del Congreso y curiosamente congresista él mismo, el expresidente Álvaro Uribe no se dejó hundir, como pretendían sus malquerientes, sino que pareció rescatar su enorme fuerza nacional, sumada a la atracción que generan quienes son víctimas de gavilla.

Porque contra el expresidente se vino todo el mundo. Muchos que se sirvieron de él, que lo elogiaron por años (“el mejor de la historia”, “el irreemplazable”). Deslucidos en su mayoría por gargantas de odio. El propio citante esperaba esta hora para su lucimiento, apelando a lo muy conocido y escrito por él mismo, sin que estuviera legitimado en la causa para semejante juicio, por lo demás irreglamentario.

La izquierda está pronta para acusar desmanes de la derecha y en grandes escenarios, pero disimula los atentados a la democracia y al derecho humanitario de sus jefes epónimos (Castro, Chávez, Maduro). El evidente sesgo político le restaba autoridad al alegato.

Izquierda que se encuentra ahora alineada con la paz de Santos. No por el anhelado cese de hostilidades ni por la salvación de miles de jóvenes que están pereciendo en ellas, sino porque la paz de Santos conlleva afiliación al socialismo del XXI, en cuya sede y a la escucha de cuyos consuetas se adelanta. El presidente de Colombia no se atreve a protestar por las infamias que el de Venezuela aplica al exmandatario colombiano del que aquel fuera ministro y ha sido capaz de entregar personas refugiadas al tenebroso régimen bolivariano. Es claro que no podrá firmar una paz que no sea del gusto del enclave chavista.

Si el senador citante, como le dicen los uribistas, fuera “capaz” de aplicarles sus retrospectivas investigaciones a los jefes de la guerrilla que azota a Colombia, podría creerse en su afán depurador. Al menos la senadora López, exultante amiga suya ante las cámaras, entre palabras denigrantes que vociferó contra Uribe, dejó caer unas pocas contra los jefes guerrilleros, forzando un mediano equilibrio.

Notables intervenciones de Navarro, Rodrigo Lara y Everth Bustamante, de opuestas tendencias.

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