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Gente nueva, gente buena

21 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

Debo decir que mi amor por la democracia no admite objeciones; es, como también para muchos, un amor sentimental. Ver bajar de un helicóptero, posado al interior de la Escuela Santander, a una persona joven y dinámica, aún en capacidad de saltar, con la camisa desabrochada, y que esa persona sea el presidente de la República, produce un aire de tranquilidad y un cierto orgullo de civilización.

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Yo miraba, desde el televisor, claro está, y a través de un ramaje, el esperado arribo del novel mandatario y pude adivinar su faz y la de sus acompañantes, casi toda gente nueva, y no me pareció ver ningún hocico, como lo figuran dibujantes, que le han dado pábulo para un insulto igual en su contra al dictador venezolano.

Llegaba Duque a su primer enfrentamiento con la realidad de una  guerra que atormentará su gobierno, que le hará alcanzar niveles de represión indeseables para frenar el desafío terrorista. Lo acompañaba el alto mando. Entre estos el muy bien hablado y enérgico nuevo director de la Policía, general Atehortúa.

Entre tanto, nos hacemos cruces: ¿podrá el nuevo presidente manejar con prudencia de jefe de Estado la caótica situación de orden público? ¿Se dejará llevar por la opinión y gestión de algún subalterno, en calidad de genio, como ya ocurrió con el ministro Carrasquilla? Todo es nuevo en Duque y ya va perdiendo seis meses de gestión. Se le quiere y se le odia por algunos, de la manera más injusta y sectaria. Y no es a él, sino a  su mentor, el expresidente Uribe, a quien amaron cuando estaba en el poder y lo consideraban irreemplazable.

***

El atentado, como tal, execrable, ni hay más qué decir. Lloro, lágrimas físicas, por las madres y por la juventud deshecha, destrozada. Y por la institución misma de la Policía, que hace falta en tantas partes y la que reclamamos a toda hora.

No le pase a este hombre manso lo que al presidente Ospina Pérez, un cafetero paisa, de hablar regional, sin duda de estirpe presidencial, mas no aguerrido, a quien las circunstancias violentas convirtieron en un templado mandatario. Así pasó Ospina a la historia liberal (la historia conservadora no se ha escrito y vamos para la historia socialista) como un cuasi dictador, que resistió el 9 de abril de 1948 el asedio de la “chusma” (tal cual se le decía a la multitud embriagada y en armas de ferretería) que por poco bloquea su ingreso a la casa presidencial y lo lincha.
Por años una placa conmemorativa reseñaba la entrada principal del Palacio de la Carrera. Se leía, en talla de piedra, la frase: “Para la República de Colombia vale más un presidente muerto que un presidente fugitivo”. El presidente López Michelsen la retiró. No hay héroes en el área contraria a un partido dominante.

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