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Gracias a la vista

11 de octubre de 2009 - 08:46 p. m.

… Que me ha dado tanto. Se le hace una ligera variación a la sublime canción de Mercedes Sosa, para decir: gracias a la vista, capacidad sensitiva extraordinaria e irreemplazable, gran regalo de la vida.

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“Vivir para ver”, decía frecuentemente Alfonso López Michelsen, cuando, en una visión amplia, se disponía a relatar algún hecho sorprendente, de esos que se dejan ver con el paso del tiempo.

Ver, por ejemplo, en la cúspide del mando y sin ganas de entregarlo, después de siete años, al jovencito que tomaba posesión de la alcaldía de Medellín cualquier día de octubre de 1982. Uribe se ha visto siempre con cara infantil, imaginémoslo de 29 años. Escasos cinco meses duró como alcalde, removido como fue por el presidente Betancur, en lo que se presentó como una crisis burocrática corriente.

Ver a Noemí Sanín, antes gerente de Corporación de Ahorros en Chapinero y, en este momento, varias veces candidata presidencial, canciller y ministra de variados gobiernos. Hoy más joven que ayer. Ver al senador Chuzo, antes dispuesto a puyar a los corruptos, hoy presidente del Congreso de la República, sin más comentarios.

Ver a Fabio Valencia Cossio, ayer liándose a trompadas con un jefe liberal de Antioquia, en la propia Registraduría de Medellín y hoy ministro del Interior de ese mismo jefe, a quien, por todos los medios, quiere perpetuar en el poder. Recuerdo haber subido con él a una “bola”, como se les decía a las camionetas panel, el día luctuoso en que dejamos el cuerpo de nuestro amigo Lara en los Jardines del Paraíso, en Neiva. Su traje blanco, arrugado por el calor, el cabello negro, la piel batallada.

Ver hace muy poco al ex ministro Arias, “Uribito”, irrumpir en la política “de las grandes ligas”, situándose por cuenta propia como aspirante presidencial de primera línea y hoy tremendamente lastimado en su prestigio, por culpa de aquel criterio de privilegiar con dinero a los ricos para que les den trabajo a los pobres, algo parecido o lo mismo que se llamó hace algunos años el desarrollismo.

Vivir para ver. Ver a un hombre de raza negra ocupar la Casa Blanca, antes un chico de afro en Honolulu; hoy, además, premio Nobel de Paz, más que todo por la complacencia (y esperanza) con que lo recibió el mundo y por sus postulados de concertación y tolerancia. Paradójico, pero no es el primer Nobel que recibe la distinción, mientras está comandando algunas guerras heredadas.

No era fácil imaginar tampoco a Piedad, la nuestra, ayer combatida y vejada, hoy finalista del Nobel. Émulo inesperado y poderoso le quitó la distinción internacional. Posiblemente pudo asustar a Oslo verla tan cercana a un vecino de su país, guerrerista y vulgar.

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