A uno de pronto lo sorprenden cosas como la rara imagen que encontré algún día de Pío XII abatido por la muerte, captada en su estancia de Castel Gandolfo.
Me impresionó ver lo que no se permitió conocer en su momento: una fotografía del papa Pacelli en su lecho, quien había sido tan espiritual príncipe, de sublime elegancia (“Pastor angelicus”, se le llamó en las profecías de Malaquías ), reducido a sus aún febriles despojos.
A su muerte se enfrentaron dos corrientes de papables: la del cardenal Siri y la del cardenal Lercaro. Tras el fallecimiento de Pío XII, y luego de casi veinte años en el trono de San Pedro, llegó a sonar, inclusive, la posibilidad de un papa no italiano en el cardenal armenio Gregorio Agagianian.
El cónclave se resolvió pronto, habiéndose transado por el nombre del cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, patriarca de Venecia. Hombre muy mayor, frisando los ochenta, quien fue solución de transición, mientras llegaba alguien más fuerte y perdurable. La historia encontró en el robusto pontífice, lleno de sencillez y de humor, el espíritu renovador que la Iglesia necesitaba. Convocó el Concilio Vaticano II y encabezó las reformas que de él se desprendieron, aunque el Concilio concluyó en el papado de su sucesor.
Fue el papa Juan personaje de excepcional bondad (“el papa bueno”), aunque todavía en uso de los grandes arreos pontificales, propios del tiempo de su reinado (silla gestatoria, etc.), lo que no coartó su sencillez y bonhomía; dicen biógrafos que en la mesa gustaba de compartir con quienes laboraban en los jardines vaticanos. Es increíble que pasado un tiempo relativamente corto ya estamos viendo en los altares a este varón del siglo XX, quien fuera sorpresa y renovación para la Iglesia.
No sólo se eleva a la Gloria de Bernini a dos pontífices cuyas vidas coincidieron con la nuestra, sino que en la ceremonia que presidió el papa Francisco testificamos un hecho irrepetible: el de dos papas vivos en la Plaza de San Pedro, sin tratarse de un cisma. Allí se hallaron el titular en ejercicio y el papa emérito, como se designa al singular Benedicto XVI.
Me pareció que el protocolo escogió para este último un sitio que no correspondía a su categoría espiritual y jerárquica. El primero entre cardenales, sí, pero, me perdonan, hizo falta en tan exacta logística un segundo trono de honor. Papa es papa y mata cardenal.
De los mandatarios latinoamericanos se llevó la palma el dictatorial presidente Rafael Correa, asistente al acto ceremonial de ayer y, por cierto, demasiado abrazador del papa Francisco. Santos no, pero la canciller de Colombia hizo presencia.