FUI LEÍDO POR MI COLEGA, DOÑA Tatiana Acevedo. Es algo que uno agradece. El tema lo puso ella: Laureano Gómez, distribuidor virtual de pantanos, a modo de reforma agraria.
Digo en mi nota que respeto las fuentes que tenga mi colega de casa editora, para atribuirle a Gómez tan húmedo propósito. Y sí, muy juiciosa, desclasificó unas declaraciones de hace cincuenta años, de los archivos de El Siglo, que acato sin reservas.
Sea ocasión para decir que como admirador de su imagen histórica, no estoy apegado a todos los aspectos de la vida pública de Laureano Gómez. Pero sí a los de su lucha contra la corrupción de su tiempo, y en esto coincido felizmente con la columnista.
Derrocado del poder el 13 de junio del 53 —y hoy es 13 de junio, qué casualidad—, el jefe conservador aún no estaba retirado de la política en 1960, fecha de las declaraciones del pantano, como afirmó la articulista en una nota anterior. Gobernaba en segunda presidencia, don Alberto Lleras, elegido y aupado por el “atizador” de la violencia partidista, según el título que ella le da al señor Gómez Castro.
Quiere acertar la columnista, que me hizo el honor, cuando se dice admiradora del Laureano que combatió la corrupción “durante la hegemonía conservadora”. La grandeza de carácter y su fulminante oratoria vino a mostrarse fue durante la hegemonía liberal de dieciséis años, que terminó con el cambio de régimen en 1946.
Ahora bien, si lo de los pantanos se lo concedo a doña Tatiana, no acepto que desprecie el grado de ingeniero, muy bien obtenido por Gómez en la Universidad Nacional. Como son del todo inaceptables los apelativos de “atizador de violencia” y de “incendiario”, que ya, salida de casillas, le lanza al bronce conservador. Me refiero al bronce de Laureano, que cual impresionante aerolito, luce en los alrededores de la 94 con NQS, en Bogotá.
Atizadores de la lucha de las ideologías fueron todos los de su tiempo, López, Gaitán, Carlos Lleras, Santos, con excepción tal vez de Alberto Lleras y de Ospina Pérez, quienes usaron un lenguaje más conciliador.
En cuanto a la violencia, como tal, no es fácil decir que la atizaran directamente. Ésta fue secuencial, lejana a los centros y producto de una irremediable polarización política. Solía decirse que mientras en el campo los partidarios se mataban, los jefes eran amigos de coctel en la capital del país.
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Mire, respetada colega, el 9 de abril de 1948 el “incendiario” estaba encerrado en el Comando General del Ejército, en Bogotá, mientras la “chusma” (así era conocida), la cual no era propiamente conservadora, quemaba la ciudad. Nunca quemó a nadie Laureano Gómez, salvo a los precandidatos de su partido en 1958, para darle el poder, como arriba lo digo, a ese gran liberal que fue Alberto Lleras, socio del “incendiario” en Benidorm y Sitges, para lo de la paz nacional.