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Impresiones papales

01 de abril de 2012 - 08:00 p. m.

Muy de cerca pudimos ver al papa Benedicto en la pantalla, durante el sacudón de fe católica, que provocó el desplazamiento del Vaticano por Centroamérica y el Caribe.

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Méjico y Cuba, los escogidos. El primero como un baluarte de fervor religioso y la segunda a modo de reconquista y como ejercicio de realismo político.

El papa está muy mayor, como dijo, sorprendido, el enviado de la W Radio, homónimo de Yamid. Y sí que lo está, pero a los papas les luce la vejez y más a este, cuya abundante cabellera al viento, blanca y despeinada, recuerda al santo cura de Ars. Con todo, frente a Fidel, luce todavía entero y en forma.

Estuvo, la verdad, menos adornado que en su sede de Roma, pero gran parafernalia de anticipación, de todos modos, precedió el arribo del sumo pastor a Méjico y a Cuba.

Llegando a La Habana, el automóvil que lo recogió en la escalerilla del avión de Alitalia, con las banderolas vaticanas, debió contrastar con el parque automotor de la isla, compuesto por Pontiacs y Dodges de vieja data y por otras marcas americanas, reciclados para un penúltimo y meritorio servicio.

Las frases del Santo Padre fueron en exceso diplomáticas; parte del mensaje quedó sugerido en las lecturas de la misa campal. La más clara amonestación fue casi inmediata a su despedida: “Cambio y fuera”, pareció decir y se cerró la portezuela del avión. Escucharlo, sin embargo, es deber de católicos, que seguramente van a tratar de entender aquello de reconciliación y amor (?) y de la verdad, que los hará libres (?).

Un asesor del presidente Castro descartó toda intención de cambio en el régimen de la isla. El propio Raúl fue áspero al decir que catorce años habían pasado desde la visita del último papa y el bloqueo continuaba. Lo que no depende del Pontífice.

Raúl luce menos anciano de lo imaginado y se le ve deambular con su ilustre huésped como cualquier jefe de Estado del capitalismo, por el lustroso palacio de la Revolución. A mí no me escandaliza el decoro de los gobernantes ni tampoco el del propio papa, cuyos “accesorios” se prestan a comparación peyorativa con la burrita que paseó a Jesús por las calles de Jerusalén.

Un hombre que representa a muchos es un egregio y debe destacarse. Lo que hay que ver es si es justo.

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Entre bambalinas había otro hombre, despachando asuntos de Estado (bueno), el cual viajó repentinamente a la isla de su fantasía, según dijo, en coincidencia con la visita de quien confundió con Juan Pablo Segundo. Lo cierto es que, en el rigor del protocolo vaticano, no fue agendado.

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Oigo hablar de la Virgencita de la Caridad del Cobre desde la infancia, pues era la devoción de María Dolores Limonta, de la radionovela “El derecho de nacer” (año 48 ). Me es entrañable y familiar.

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