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Indeseable, la extradición

13 de mayo de 2018 - 03:53 p. m.

Eran los tiempos de Mr. Tambs, embajador de Norteamérica en Colombia, impulsor de la extradición y, ya entonces, este servidor de ustedes se oponía, desde su modesta esquina periodística, a tal figura del derecho penal internacional.

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Quedaba, sin embargo, un resquicio: por más que estuviera pactada en tratados públicos, la extradición no procedía —y no procede— sin la decisión expresa del presidente de la República. Hoy se oye que por los acuerdos de paz, si el incriminado y absuelto en virtud de ellos reincide, es imperativo atender el pedido de extradición que haga el Estado requirente.

Extraditar es negarle confiabilidad a la justicia propia; es sugerir que nuestros ciudadanos puedan ser castigados y maltratados en otros territorios, en lengua extraña, sin un ápice de defensa. Es hacer lo que no hacen, para citar un ejemplo, los Estados Unidos con sus ciudadanos, por cuya liberación hasta les bajan el tono a sus diferencias con émulos nucleares.

Gobernaba Belisario Betancur, enemigo acérrimo de la figura hasta el momento en que la mafia le asesina al sin igual Rodrigo Lara Bonilla, su ministro de Justicia. Habló en la catedral de Neiva y en el momento de referirse al crimen, ensoberbecido, cambió su decisión y prometió extraditar a los autores del magnicidio. Los feligreses, entre los cuales me encontraba (sumido en oraciones), se levantaron, en murmullo de alegría y aplausos. Reacio a aplaudir en sagrado, no lo hice y esta vez por convicción, aunque sólo yo me di cuenta.

Me embargaba un inmenso dolor por Rodrigo Lara y lágrimas me había ocasionado la noticia, hallándome en Bogotá, de donde viajé en arriesgada nave, sobrevolando el desierto de La Tatacoa. Pero la extradición no iba conmigo; no he tenido un carácter punitivo. Perdónese la anécdota personal, pero la emoción me traiciona al recordar hecho tan prominente, que nunca podré olvidar.

Dejar tranquila a la gente; dejar que rumie sus pesares y que maldiga de sí misma, si la conciencia le remuerde; si engañó a un Gobierno y a un pueblo, sufra la penalización del castigo social. Retírese a un monte si teme que en el recinto parlamentario le griten improperios las víctimas enardecidas. Pero ser entregado a jueces imperiales, fríos, para quienes los traídos con cadenas de las colonias sureñas son menos que irracionales fuera de hábitat, no es tolerable en términos de respeto humano. Nadie, nacido en un Estado, debe ser desarraigado del mismo y abandonado en poder de sus enemigos.

***

¿Cómo es la ceguera de Santrich? Dibuja y tiene buena letra, según manuscrito conocido. Me alegro de ello y me recuerda a un profesor de pintura en Madrid, don Pedro Marcos, galardonado artista de paisajes modernos, cuando me decía: “trate de ver menos”.

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