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Íngrid, a ver,… un momento

18 de julio de 2010 - 09:00 p. m.

NO ME DIGAN QUE EL ESTADO PUEDE permitir que un ciudadano, temperamental y rebelde, se haga daño a su antojo.

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Si alguien va a lanzarse al chorro del Tequendama (cuando había agua, pero sigue habiendo abismo) no se le puede decir: bueno, si lo decidió así, ¡al agua! No, señor, la sana policía debe estar ahí vigilando, abrazar al suicida, impedirle que se arroje, y en lo posible no irse ambos, ciudadano y gendarme, abrazados, a la hondura.

El caso de Íngrid más vale mirarlo por el aspecto de haber querido resarcirse del prolongado abandono en que quedó en la selva profunda, prisionera y esclava de Jojoy, mientras batallaba por su dignidad humana y de mujer, y no tanto por el hecho de su fácil captura, que parece ser lo que más impresiona a quienes aborrecen de su conducta. Que ella se lo buscó, pues sí, en gran medida sí, pero cayó al abismo de la siniestra guerrilla.

Una es la osadía del ciudadano y otra la obligación del Estado de acordonar una zona, si aún no está despejada. De hecho, el gobierno que siguió, este largo gobierno, desatendió su vida, que bien pudo haberla perdido en la selva. Los canjes que otros hicieron, éste no los hizo, porque, a su juicio, se perdía la moral de las tropas. Ni que estuvieran alimentadas como fieras. Y este gobierno, para desgracia de los cautivos, duró más de lo que permitía la Constitución y de lo que cabía en la esperanza de salvación de quienes morían esclavizados.

Íngrid y compañeros fueron finalmente rescatados en una operación cinematográfica, de impacto mundial. Pero, ojo, no se mire el operativo como un favor que se les hacía a las víctimas, sino como el cumplimiento tardío de un deber del Estado, el que, por cierto, conllevó algunos errores, que no es del caso pormenorizar, como el riesgo en que se puso la credibilidad de la Cruz Roja, lo que el nuevo presidente considera sin importancia. Pero, claro, ante la opinión contrastó espantosamente esta acción liberadora y heroica de las tropas con un reclamo pecuniario, desmedido e inoportuno, que, como tanto se dice, no tenía presentación.

Es un hecho lamentable. Parece que no hubiera cómo defender a la que lloramos y por la que sufrimos, a la misma mamá Yolanda, de muchísimos méritos sociales, puesta hoy bajo la mira de los resentimientos, quizá por su aparente riqueza, y traducido su gesto a codicia, en la voz del propio vicepresidente de la República. Pero una Nación castigadora no puede ignorar de repente el desgaste enorme que ambas padecieron, su inaudito sufrimiento y es esto lo que pensaron que debería ser resarcido.

Tras el éxito de la operación de rescate, me dejó pensativo un soldado liberado, cuya voz se dejó oír entre el bullicio y el ruido de los motores: “¿Dónde estaban ustedes en estos diez años?”.

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