Que es una intervención en política, claro que lo es. Inclinar la balanza electoral en un sentido o en otro en una votación, qué otra cosa puede ser. El presidente invita a la opinión a que apoye o deniegue el proceso de paz, pero al mismo tiempo abandera la opción por el “sí”, la reviste de autoridad y define al “no” como la guerra.
¿Quién se opone a la paz? Nadie se opone a la paz. Pero entregarla al público como un paquete engañoso es un ardid político que hace pasar por agache cuantas concesiones se han venido haciendo a la contraparte, en sesión secreta.
Los entusiastas del sí y quienes lo impulsan desde posiciones oficiales, olvidando las restricciones que los obligan a ser neutrales, van a ser, quizá, los mayores sorprendidos de lo que hicieron, cuando todo se desvele y comiencen a implementarse los puntos agendados en La Habana.
Un raro país se ve venir con liderazgos insospechados de personas con antecedentes de crimen y violación a los derechos humanos, codeándose con los políticos tradicionales, no en todos los casos de una pureza ejemplar, pero difícilmente incursos en una historia tenebrosa contra sus semejantes.
A aquellos otros hay que aceptarlos como sean por la paz, beneficio incalculable. Pero qué desagradable época mientras nos acostumbramos a verlos como unas buenas personas, sencillas y sometidas a un estado de leyes, a lo que precisamente nunca han estado sujetos.
Dichas normas deberán ajustarse a lo aprobado en Cuba (¡tratado público!) con fastidiosa y constante referencia, sabiendo como sabemos todos que allí no nacieron derechos sino violaciones de extrema gravedad al derecho de gentes. Una invocación a la justicia encabezará así: “De conformidad con lo acordado en Cuba, se dispone tal o cual cosa. Acójase, publíquese y cúmplase”.
Punto álgido de gran injusticia será el comparativo que se haga entre las amnistías concedidas en los acuerdos y las penas carcelarias de diez, 20 o más años, que se hallaren cursando para delincuentes comunes. ¿Qué va a hacerse con este desfase? Indultos habrá que repartir al por mayor o rebajas considerables de pena para quienes aleguen por la igualdad jurídica.
En fin, lo que se proponían hacer los Santos (Juan Manuel y Enrique), al reconocerse en el poder, como su poderoso tío, no era un simple compromiso de paz y cesación de hostilidades con actores armados, sino transformar las estructuras del país (como decía el general Ruiz Novoa, en su tiempo), de la mano de los jefes combatientes, concediéndoles haber ganado, en una cierta medida, la guerra.
Muy aparte. Agradezco a los amables colegas que se han ocupado de mi octogésimo aniversario. Suele ser Internet el indiscreto sobre la cada vez más lejana fecha de nuestro nacimiento.