Es tiempo de expresar buenos deseos para el nuevo año. A nuestro país le desearía que continuara desempeñándose, dicho así no más, en democracia. Aunque esto nunca se cumple a cabalidad en el mundo. Democracia es ajustarse a leyes previamente aprobadas por el pueblo y relativas a la libre elección, a la libre expresión y al respeto de los derechos humanos. Vaya resumen.
No es posible en Norteamérica, por ejemplo, que se perfeccione un juicio a un mandatario que abusa del poder y apela a la política exterior para definir las elecciones internas. Ha de existir un fallo judicial previo al respecto, pero lo que se observa es que las razones políticas son las determinantes de ese fallo y favorecerán al hombre de su partido antes que acogerse a normas que son esencia de la democracia.
En nuestra república, elegimos —y eso está muy bien— a los mandatarios por el sistema de sufragio universal directo, pero la consecuente alternación en el poder es a veces perturbada por maniobras inadecuadas. Ahora vemos que un Gobierno que salió electo no por una mayoría precaria de votos sobre su adversario, sino de dos y pico millones, es saboteado de entrada, como si fuera ilegítimo y por añadidura acusado de torpe e inepto. Se le instala un motín, favorecido por corrientes que se revisten de universalidad y airosa juventud y que amenazan con entorpecer su mandato. Lo que equivale a decir que si los derrotados no accedieron al poder tampoco dejarán gobernar, como lo prometieron y empiezan a cumplirlo.
Se dirá que en esto, precisamente, consiste ejercer la oposición en democracia. No lo es tanto si se reclama por mil situaciones disímiles, imposibles de resolver en corto plazo y ajenas a un Gobierno de pocos meses. Y porque se ve la intención de los opositores, que usan el desorden público para llegar en andas de revolución al poder que no alcanzaron y asentarse en él, de acuerdo con sus modelos externos que no permiten el ejercicio libre de la democracia.
Discútase lo que se quiera del Gobierno, es oportuno hacerlo: dígase que se escogió mal a algunos ministros, que estos han dicho torpezas, que el propio mandatario confundió a los próceres de la patria con los padres fundadores del norte, que envió informes equivocados a la ONU, que no formó capacidad de gobernar con el Congreso (si la hubiera conformado, se le acusaría de clientelismo) y otras cosas, algunas muy graves que venían de administraciones anteriores sin fácil solución. Se oculta, en cambio, el liderazgo de 50 países que desaprobaron la dictadura de Venezuela, lo que más bien parece haber molestado a los críticos, en prueba de sus no disimuladas afinidades.
Se me apretó el espacio; reitero mis deseos por que se perfeccione la democracia en nuestro país durante el nuevo año, el que se anuncia convulso. “Feliz” año bisiesto.