Con esto de dividir el tiempo en doce meses y establecer bordes de fecha inalterables, estamos parcelando nuestras vidas y al final de cada corte y comienzo del siguiente nos asaltan temores.
Por supuesto que también nos desbordamos en celebraciones —no todos—, yo diría que disimulando la sensación de límite y caducidad, al menos entre personas mayores, más conscientes del paso del tiempo.
La oportunidad de vivir es única, bien lo sabemos. Cómo es posible que no hayamos sido testigos del incontable tiempo que precedió a nuestra existencia. De repente, ésta apareció, sin saber por qué ni cuándo ni cómo. Padecemos el existir o, visto de otro modo, se nos ha donado, como un grande y exclusivo regalo.
De pronto encarnamos en seres, por cierto muy similares a otros que nos rodean, con una mayor conciencia, o al menos eso creemos. Hay distintos niveles de conciencia: me consta que los animales —bueno, los otros— tienen igual sentido de ser ellos mismos, únicos también e irrepetibles. La clonación puede ser un juego orgánico, pero la individualidad es propia de cada ser y por su integridad cada cual se bate; lo demuestra el instinto de conservación.
Trabamos amistad con nuestros compañeros del vivir, sin ser congéneres, pero sí contemporáneos, y cuánto lamentamos su ausencia si se marchan antes que nosotros. Compartir la vida es algo sublime, al tiempo que misterioso. Saber por qué estamos aquí, qué ocurrió antes de nuestro ser, son preguntas sin respuesta, que evadimos. Perplejidad expresada, como un vacío insondable, por el nicaragüense: “Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto”.
La fe religiosa es un esfuerzo inmenso que algunos hacemos, sin imponerlo a los demás. Más que un creer, es un esperar; es la esperanza. En fin, es curioso ver cómo estas fechas cortan la vida en pedacitos: un año tras otro año; estos, más aquellos otros, que ya olvidamos, ¿cuánto suman?
Los amigos suelen preguntarle a uno la edad. En mi caso, ni la niego ni la disfrazo. No sé si alguien espera mi pronta desaparición (como se le decía a la muerte en los obituarios antiguos: “lamentamos su desaparición”).
Una pareja de perros pequeños deambulaban por mi casa hasta hace poco, siempre unidos; cualquier día reciente, uno de ellos fue devorado por otro grandulón y cobarde. El más pequeño, sobreviviente, me indaga en las noches por su compañero, con ojos inteligentes; le ladra, tal vez, a la luna, reclamando que regrese el desaparecido. No encuentro qué decirle y tanto la incertidumbre suya como la mía terminan siendo dolorosas y parecidas.
Hasta el 20 de enero le estaré deseando el feliz año a quien me encuentre. Me encuentro ahora con ustedes, de modo que les va mi feliz año.