MI TEMA NO ES EL VUDÚ O LA SANTEría cubana ni tampoco la superchería de las balas rezadas de Sabaneta (A.). No. Otro santismo me ocupa, no difícil de descubrir. En ningún momento llegó a estar Juan Manuel Santos tan cerca de la Presidencia de la República, como hoy.
Pacho Santos, que parecía haberle tomado la delantera, se quedó rezagado, deslizándose en medias sobre el piso lacado de la Vicepresidencia de la República.
En 1938, Eduardo Santos Montejo, internacionalista y periodista, dueño de El Tiempo desde 1913, comprado a don Alfonso Villegas, hermano de Lorencita (para llamarla así, con cariño popular), paseado por todos los honores públicos, llegó a la candidatura liberal, por muerte súbita de Enrique Olaya Herrera, cuyo nombre era indiscutible para la reelección espaciada, que permitía la Constitución del 86.
Muerto el embajador Olaya en Roma en los comienzos del 37, por inesperado accidente gastro-intestinal, el cupo fue para Santos, como una ráfaga mató a Galán y le dio paso a César Gaviria (“tome usted las banderas de mi padre”) y como un previsible temor a la reacción internacional podría disipar la fiebre de poder de Álvaro Uribe Vélez.
Juan Manuel se perfila. De los márgenes de error ascendió a buen puntaje en las encuestas, decisorias de la suerte electoral, sin que nadie las discuta. Su trabajo militar ha pesado más que la problemática incursión en territorio vecino para propinarle un golpe de gracia a la guerrilla; y su prestigio de duro en la guerra ha podido más que el aterrador asesinato que sus súbditos —soldados de la República— cometieron en indefensos ciudadanos de los estratos más bajos y dolorosos de la Nación.
Muy a pesar de todo, logros como la ‘Operación Jaque’, digna del cine, o la carta ganadora de Emmanuel en un azaroso póquer de posibilidades, encumbró a este Santos, casi como a los santos vaticanos que suben a la gloria de Bernini.
Pero no le resta un camino fácil. Uribe duda de él; le ha salido general; se ha atribuido en demasía los éxitos militares; no deja de figurar al lado de los rescatados o en trabajos de campo, con sombrerito de pescador, así haya que esconderlo cuando llega el dictador venezolano. No es el testaferro al que pueda dejarse gobernando, mientras el nuevo Núñez arrea ganado en El Ubérrimo y escudriña las así mismo ubérrimas ganancias de sus hijos. Santos, en cuatro años, no será el mismo sumiso funcionario y su vanidoso porte no da a entender que entregaría el mando, sino que pelearía su permanencia, para terminar, entonces sí, con la guerrilla arrinconada en las fronteras.
Nunca Santos Juan Manuel, sobrino del famoso “Tío Eduardo”, habría estado tan cerca del poder.