Que la paz comienza con una sonrisa, dicen que dijo la madre Teresa de Calcuta, en su inmensa bonhomía. La referencia a esta religiosa, muy propia de las reinas de belleza, es siempre noble, pero no abarca toda la complejidad de un concepto sobre la paz, el perdón y el olvido.
Criticó María Fernanda Cabal la sonrisa de una de las víctimas al saludar a quien la congresista pensó se trataba de uno de los guerrilleros de La Habana, tal vez por lo abultado de su cuerpo. Se desató, como sabemos, el lobo oficial (Gobierno, Justicia, Defensorías) contra la representante, ya condenada a los infiernos por haber mandado a ese mismo lugar al gran Gabo, quien, desde el más allá, sólo comentará que en ese desolado paraje no hay fuego, sino lo contrario, no cesa de llover.
Pero esa sonrisita de coctel se da con frecuencia en toda clase de encuentros, aun entre adversarios, víctimas y victimarios, cuando deben saludarse, en algún contexto social o de perdón y olvido. Pero no es muy afortunada la imagen, sobre todo si es captada por las cámaras, pues la levedad de una comisura de labios pareciera diluir quejas hondas o borrar una injusticia mayor.
Recuerdo que en alguna ocasión un grupo de periodistas resolvimos visitar al presidente Betancur, para protestar por un manejo diplomático que por poco lleva equivocadamente a un colega a la prisión de Carabanchel, en Madrid. Personalmente me preocupaba que, dada la simpatía del presidente (a quien Turbay, en la oposición, sólo se le ocurría abrazar), fuéramos a dar una imagen periodística de complacencia, que echaría a perder el manifiesto.
Como admiré la postura de mi amigo y colega Alfredo Garzón, quien, en reciente visita a Bogotá —él que es dado a brindar risas inesperadas—, dejó con la mano tendida a un presunto coautor del crimen cometido en la persona de su hermano Jaime, a quien hemos recordado por estas fechas, con tanto amor y dolor.
Partiendo de tal cual sonrisa ocasional más vale comentar lo que significa la dignidad del país. Porque están bien los acuerdos, no faltaba más. “Aguanta” todo lo que es perdón e indulto, que no haya cárcel, que algunos vayan al Congreso gratuitamente, pero hay capítulos del alma, y del alma nacional, que no pueden olvidarse en poco tiempo. Mal para todos aquellos a quienes sus acciones los señalarán por décadas. A la Nación le resta la libertad de reelegirlos o no elegirlos más, según el juego democrático.
Otro asunto que no debiera pasarse por alto, con sonrisas complacientes o sin ellas, es el afán por reglamentar la historia y lo que deba decirse en lo sucesivo sobre los hechos contemporáneos. Es ingenuo pensar que pueda pactarse un acuerdo sobre la verdad, así sea ésta revelada por una muy ilustre Comisión Histórica, lo que no va a aceptarse como explicación única en la difícil reconstrucción de los hechos.