El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Lo que no me regalaron

01 de enero de 2012 - 06:01 p. m.

RECIBÍ, COMO TODO EL MUNDO, ALGUnos regalos. Gracias, los necesitaba. Pero hay cosas que no me regalaron, porque sencillamente ya no existen.

PUBLICIDAD

Me hubiera gustado recibir media docena de lápices Mirado número dos, de los de antes. Era el lápiz semiblando, que permitía ver el trazo, sin soltar grafito innecesario. No hay que buscarlos. Los de ahora, de igual marca y número, no son iguales.

Al país nunca ha llegado el borrador Magic Rub, americano, que borra sin dejar manchas. Es cierto que una marca nacional —multinacional— fabrica uno similar, pero no igual.

Algo que la gente joven ni siquiera sabe qué es y los mayores lo han olvidado es el secante. Era una lengüeta de superficie absorbente, la que a veces venía en rodillos y no faltaba en las oficinas y despachos, cuando todo se escribía con estilógrafo o con plumas encabadas, tintero abierto. No existía el bolígrafo que no precisa secarse como sí lo exige la tinta estilográfica o para los dibujantes, la china, que en tiempos fríos demora en secarse y emborrona.

Algunas veces se obsequian pañuelos, que para unos cuantos (o cuantas) son asunto de mala suerte, bah. Se cree que ya no se usan, tampoco es cierto, aún se llevan en el bolsillo de solapa y si son pañuelos blancos sirven para agitarlos multitudinariamente. Vaya.

El pegante de goma arábiga que venía antes en un dispensador muy curioso no volvió a verse. Aquel frasquito de vidrio con cintura y cabeza de caucho en corte diagonal y una rajita de buzón que se aplicaba sobre la superficie que se quería adherir. Eran prácticos. Claro está que hoy existen ciertas barras de engrudo, para no usar su nombre comercial, bastante buenas, pero aquellos no han debido ser retirados del mercado por su casa comercial, de tanta recordación.

Nadie regala un auto, salvo muy solventes esposos, en prueba de infidelidad. Maravillosos, sobra decirlo, los autos de hoy, así parezcan iguales y de materiales idénticos. Ya no caben en la ciudad. Ninguno reproduce la estética de los viejos coches, con sus farolas de vidrio labrado, su interior en materiales durables y su bello diseño, por supuesto que no aerodinámico. Pero hablábamos de regalos.

No es que sólo me gusten las cosas antiguas. Me encantan, sí. Pero de lo más moderno me sirvo sin remedio. De la computación aprecio sus grandes ventajas, como también lamento la vulnerabilidad de su correo y la alarmante vulgaridad de ciertos foros desaforados.

La modernidad es acumulación e impersonalidad, aunque lo antiguo era también imperfecto, incompleto e injusto. Me quedo, pues, con León de Greiff cuando dice: “todo no vale nada y el resto vale menos”. Gracias por lo que no me pudieron regalar, aunque lo necesitaba y feliz año para los que pasen por estas líneas: es un decir en tiempos tan difíciles.

Conoce más
Ver todas las noticias