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Los precandidatos, qué pereza

17 de abril de 2016 - 03:22 p. m.

Salieron a un primer rodeo de presentación, como acróbatas de circo, los nuevos actores de la aspiración presidencial.

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No ha sido idea de ellos dejarse ver tan temprano, sino de la encuestas de opinión, que de una los botaron al dominio público: Sergio Fajardo, Germán Vargas Lleras, Gustavo Petro, Oscar Iván Zuluaga y alguno más, que, por supuesto, no juega. Si no lo nombraron o si le pusieron baja calificación, no va, porque los grandes electores son estos señores de los sondeos. A los anteriores agréguese Alejandro Ordóñez, ya no por las encuestas, sino por su propia figuración.

Curioso: dos funcionarios en ejercicio están en denodada campaña, sin escrúpulos. El uno, manejando, por cierto con eficiencia, dineros públicos para la infraestructura, y el otro, con capacidad de fiscalización, control y regaño, procurador como es todavía de la Nación.

Y más extraño aún, que a quien tuviera una mala calificación como alcalde de la capital su discurso revolucionario pareciera avalarlo en sectores populares. En el posconflicto, si acaso llega, sería el vocero de los guerrilleros reinsertados, como él mismo lo fue, aunque esa izquierda tiene matices y sectores que se pelean entre sí y acaban hundiéndose todos en un mismo barco.

Son, por supuesto, cálculos que no tienen en cuenta la impredecible solución que puedan tener los diálogos de La Habana. Vaya uno a saber cuánto puedan influir en la designación del mandatario, bajo el cual se han de desarrollar los compromisos de paz. Alguna vez expresó Timochenko que se necesitaría un presidente que le diera garantías de continuidad al proceso. En un gobierno vacilante esta exigencia podría modificar las favorabilidades del poder, tan decisivas en los resultados electorales. Ojo, porque una constituyente podría intentar una segunda reelección de Santos.

Sergio Fajardo es de esos candidatos a los que respalda la opinión, así escuetamente llamada, sin partido que lo avale, ni coalición conocida, algo parecido a lo que ocurrió con Galán en su primer tiempo. “El más educado” no puede por sí solo convencer al país más indócil. Las maquinarias desgraciadamente son las que ganan siempre. Sin que esta afirmación haga entrar en desánimo a los entusiastas, cuyo generoso impulso ojalá pueda contra las viejas mañas de la política. Pero no se nos olvide: política habrá siempre, aun con personajes renovados.

Escribo con pereza porque sé que es repetir la historia, cuando a mis años todo es nuevo, menos la condición humana: revoluciones que generan dictaduras; democracias imperfectas, que padecen corrupción, que es la tentación que seduce a quienes se encuentran a solas con el dinero público.

De aquí derivo a mi propia definición del hombre honrado: para mí es aquel que puede serlo cuando no tiene testigos. Y concluyo por hoy. ¡Ánimo!

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