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Matar por religión

11 de enero de 2015 - 07:09 p. m.

Visitaba museos vaticanos hace muchos años y me sorprendieron ciertos cañones en bronce labrado, con los emblemas papales, en especial de Pío Nono, cuyo largo pontificado lo llevó a los altares, pero también a la guerra por los Estados Pontificios.

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Pensaba ingenuamente que, superadas las Cruzadas y la tenebrosa sombra de la Inquisición, nuestra fe religiosa, y me refiero al cristianismo, era ajena a toda violencia y muerte. Pero se dieron guerras con participación del poder religioso, aunque no ciertamente por la fe, sino por asuntos políticos. Fue ese el caso de los Estados Pontificios, finalmente ganados por Italia y entregados con formalidad en los Pactos Lateranenses. Todos sabemos que el Estado Vaticano, al cual quedó reducido el territorio papal, lo es de pleno derecho, público e internacional. De ahí los cañones grabados con símbolos que combinaron la cruz con la espada.

Pero no se han dado propiamente guerras por la Cruz (In hoc signo vinces fue asunto bien remoto de los inicios del cristianismo). No se persigue desde los credos cristianos a nadie por hollarla o irrespetarla. La fe se vive de modo suave, como algo personal, que debe producir y produce paz interior. Y bien, si otros creen en lo mismo, lo comparten y son multitud, y bien, si no lo creen.

No se concibe matar a nadie porque haya pisoteado los símbolos de la religión. Lo que reside en el fondo del fanatismo hirsuto, hecho crimen en París, es la furia de la bestia humana, que ruge con cualquier pretexto de enfrentamiento y en este caso, ni más ni menos, como preludio de una tercera guerra mundial, que habría comenzado a incubarse en el Nueva York de las Torres Gemelas. Ahora se ofende a Francia, en lo más sagrado de su entidad moral, cual es la absoluta libertad de expresión, manifestada en la pluma suelta de los caricaturistas.

Entre nosotros ni la Iglesia mayoritaria ni otras, pero ni sectores fundamentalistas, han perseguido a personas ni han ejercido violencia contra ellas, cuando más bien son las iglesias las que han sufrido persecuciones y vejaciones por parte del Estado o de terceros. Conventos violados en tiempos de la dictadura Mosquera; expulsión de religiosos del territorio o un caso que podría destacarse, como fue el asesinato del cura de Armero, en los sucesos del 9 de abril de 1948, por hordas enfurecidas. Sacado a empellones de su casa cural y arrastrado por un carro de bestia mostró a una Iglesia víctima de sus enemigos.

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En Colombia muy altos prelados han sufrido, digamos que con paciencia, las caricaturas y el humor. El cardenal Aníbal Muñoz Duque, vapuleado por dibujos satíricos, le dijo en alguna ocasión a su mayor crítico, mientras lo saludaba con gesto de bondad: “ Yo les temo a los caricaturistas porque ven el alma de las personas”.

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