“MI TIEMPO HA TERMINADO, GRAcias por el de ustedes” es la frase conclusiva de ese grande de la radio que ha sido Juan Gossaín Abdallah. Como quien dice: “Todo está consumado”. Nada más solemne, nada más triste, nada más fuerte.
Dice esto Juan a los sesenta de su vida, que para muchos es un pico sublime del vivir, pero no su final. Hablando de un joven religioso que murió tempranamente, don Ramón Cué Romano, en hermoso contexto poético, exclamó: “¡tengo yo sesenta y lo sentiría!”
No es, pues, ni mucho menos, una edad para sentarse a llorar, ni para esperar “a la huesuda” en un taburete calentano. Juan se entrega tempranamente, eso sí, bien situado al nivel del mar, dedicado a escuchar (otra memoria poética): “La cántiga ondulosa de su trémula curva”, sin que se necesite mencionar al autor de semejante léxico.
Pero lo que ha dicho el amable Juan es más profundo que un hasta luego o un cierre de emisión. “Mi tiempo ha terminado” involucra una serie de cosas intensas: una, el reconocimiento del breve lapso de la vida (el “vitae summa brevis” de Horacio o “breve compendio de la vida”), que supone la inteligencia de entenderlo así y el arrojo de decirlo; otra es ceder el espacio a los que llegan, en la interminable sucesión de las generaciones.
El tiempo va pasando y aunque vivimos en el pico de la historia humana (hasta aquí va) y también en el pico de la tecnología, que por algo se llama tecnología de punta, piensa Lorenzo en forma recurrente, que vivimos en el pasado, que estamos atrasados y que en cien años, que son nada, seremos un dato antiguo y de colección para la gente romántica.
La voz ronqueta de Juan, su señorío, su grandilocuencia, producto legítimo de su amor por la palabra, dicha y escrita, sobra decir que se echarán de menos, cuando muchos de su tiempo y anteriores, como yo, aún estamos en la brega periodística y estaremos hasta un día antes de la muerte (imagino que hay que embalar algunas cosas) o dos, después del Alzheimer.
Recuerdo haber conocido personalmente a Juan Gossaín en casa de Yamid Amat y Amparo Pérez, en gran reunión, con presencia de Gabo, de la periodista Margarita Vidal y del ministro Rodrigo Lara, a quien pregunté por su seguridad y me habló de un Jeep y dos escoltas que estarían en la puerta de la casa, a los que vi dormitando.
Gossaín lucía fuerte como ahora, un tanto grueso ya, en bluyín y camisa de algún color a cuadros, bozo y patillas. Era cronista de El Espectador y sus historias noticiosas semejaban relatos peregrinos del autor de Macondo. Eran bellas noticias.
No, gracias a ti, Juan, por tu valioso tiempo, que nadie ha perdido el suyo escuchándote en la radio ni lo perderá leyéndote, de ello estoy seguro. Y no envejezcas, ya que fuiste tan precoz académico.