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Ni en la paz de los sepulcros creo

02 de septiembre de 2012 - 06:00 p. m.

TAL COSA DECÍA EL ABUELO, DANIEL Gil Piedrahíta, cónyuge que fue de Ana Josefa Madrigal (Fita), contemporáneo de las guerras civiles de finales del diecinueve.

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Miren lo que hay que hacer para conseguir la anhelada paz: primero, poner de acuerdo al presidente Santos con el expresidente Uribe, para que medio país no se venga en contra de los convenios que aquél está instrumentando;

Segundo, que los izquierdistas, que nunca están en paz entre sí, se avengan a las propuestas, que tardarán meses en acordarse;

Tercero, que no ocurra un estropicio siniestro en el momento o estando a punto de firmarse el arreglo, algo así como el secuestro aéreo del senador Gechem, que enardeció al muy paciente presidente Andrés Pastrana;

Tercero bis, que, como se negocia en medio del fuego, no maten a los negociadores;

Cuarto o lo que sea, que Unasur y el Alba no se apropien de los acuerdos, autoproclamándose garantes, en el fondo supervisores y, más en el fondo, dueños de la paz de Colombia;

Otra condición es que los Estados Unidos no muestren el natural recelo por los acercamientos de personajes de la izquierda latinoamericana a los acuerdos, que serían exclusividad de Colombia con su guerrilla interna;

Una quinta o sexta, muy importante, demasiado: que los cabecillas participantes en la mesa de negociaciones, muchos de los cuales ya tienen incoado un proceso por delitos de lesa humanidad, puedan ser objeto de amnistías, sin que la Corte Penal Internacional encuentre tal perdón como inaceptable a la luz del nuevo derecho humanitario. Y es que nadie hace un acuerdo de cese de hostilidades para irse directamente a la cárcel, por corta que ésta sea.

Muchos, muchos obstáculos pueden imaginarse, además de los enunciados, que darían al traste con un acuerdo de paz arcádica, distinta, quiero decir, de la pax romana, que es la establecida por el sometimiento armado y por victorias que no se han dado.

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Retener personas y amenazarlas de muerte es delito gravísimo, no importa la duración del mismo. Yidis Medina ha sido acusada y condenada, en sorpresivo fallo, a treinta y dos años (prisión perpetua); alega inocencia y apelará. A los tramitadores de paz, que han retenido personas por largos años, imagino que habrá de otorgárseles amnistía, porque, como digo, nadie negocia la paz para pagar condena. Lo que suena tremendamente desproporcionado.

No quiero escamotear el santo proceso de Santos, quien, ya que lo inició y se filtró, no dudo de que lo va a terminar, a lo mejor con alguna sorpresa (una ha sido la presencia confirmada de su hermano Enrique en Cuba), hasta llegar a Oslo, por lo demás sitio propicio para el nobelato de paz.

 

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