El aniversario de los hechos del Palacio de Justicia, que ha colmado el escenario de noticias, conduce por fuerza a la comparación de aquellos hechos y soluciones con el proceso de paz que adelanta el gobierno de Juan Manuel Santos.
Es un punto de tensión entre el diálogo y la fuerza. Entre el conversar y el disparar. Y todo porque permanece latente en algunos Estados un cuarto poder: al Ejecutivo, Legislativo y Judicial se añade el sobreviniente Poder Insurreccional. Es éste el que en un momento inesperado cambia y sustituye cualquiera de los tres anteriores o los tres con una irrupción, que se denomina, genéricamente, revolución.
Podría pensarse a qué vienen las teorías republicanas, tantos Juan Jacobo Rousseau o Montesquieu, si lo que prevalece al final de la historia es Anarkos (para citar al poeta épico y político Guillermo Valencia). Se hace una Constitución, se establecen unos poderes y se busca su equilibrio, pero queda siempre abierto el flanco de la insurrección, que, triunfante, destruye lo anterior, impone reformas bajo el chantaje del crimen, del incendio, de la desestabilización.
Los Estados acostumbran hacerle frente a la insurgencia de dos únicas maneras: por la vía de las armas o por la negociación y el diálogo. Ahí quedan en comparación los dos métodos, el que emplearon los militares en noviembre del 85 (y saco en limpio el gobierno civil de Betancur, que quiso ser otra cosa) y el que emplea, en el día de hoy, el gobierno Santos, de hinojos ante los rebeldes y ante los países que los patrocinan, entregando Constitución y leyes construidas con pulimento y sabiduría jurídica, en años anteriores y recientes.
Ni lo uno ni lo otro. Ni la tierra arrasada como la desaforada retoma del Palacio de Justicia y su espantosa secuela de asesinatos en indefensión y por desaparecimiento; pero tampoco la conversación entreguista que permite que la guerra se gane en la mesa de negociaciones. No dudo —y me deja perplejo— que esta última opción, sin embargo, es la que salva la vida de la juventud militar. Son, por lo tanto, estos jóvenes reclutas los rehenes de la toma de decisiones de La Habana.
No pretende esta nota dar soluciones —no las conocemos— ni aconsejar a quienes dirigen los destinos nacionales, por esas cosas de la vida. Se escribe con perplejidad, porque hechos tan asombrosos sólo dan para cavilar y estremecerse.
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Convertida la paz no tanto en una bandera humanitaria cuanto política, mejor fuera no utilizar al Santo Padre, a quien tienen repitiendo, con ornamentos verdes y hasta el cansancio, sus frases pacifistas, sin duda porque resultan oportunas para la que podría llamarse la paz de Santos.