Alguien que lo diga padecerá el anatema y quedará ipso facto descalificado para la culta sociedad colombiana. Pero, país libre, y en materia que ni es política, ni siquiera religiosa, sino de preferencias visuales, bien puede opinarse sin peligro aparente.
El pintor y escultor Fernando Botero, quien corona ahora sus primeros ochenta de gloria (otros ochenta y todavía se hablará de él), no le gusta a todo el mundo.
Unos prefieren la academia, las flores de Borrero, los paisajes de Gómez o de Núñez Borda, las figuras de Francisco Antonio Cano, pero, claro, ninguno de ellos con renombre internacional; otros dirán que es mejor el abstraccionismo y los cóndores de Alejandro Obregón y su pincel deslizado en acrílicos, que le repudió Marta Traba, pero estimables a cuál más y copiables, pues mucho lo han falsificado, sin tantas molestias como las que le ocasionan las gorditas de artesanía pirata al escultor Botero.
Otros prefieren las esculturas secas de Negret, que si les retocaran sus bellos colores, volverían al esplendor inicial; y cualquiera toma partido clásico por el monumento a Uribe de Vittorio Macho o por el Bolívar cesariano de Tenerani. En fin.
Quien esto escribe nació en la ciudad de Medellín A.P. (Antes de Pablo, mucho antes), casualmente en la calle de Calibío, a tres cuadras de la plaza de Berrío. Ignoro si hoy se llama plaza de la Gorda de Botero. Orgullo paisa era nacer cerca de esa plaza.
La calle de Calibío desapareció para dar lugar a la plazoleta donde se exhiben las famosas figuras de don Fernando, donación generosa a la ciudad de mis mayores; sólo que una de esas esculturas (nada esculturales) coincide con el sitio exacto donde nací, en la clínica del cirujano Gil J. Gil, personaje memorable, del cual no quedó recuerdo, como es usual en nuestro país.
Yo me asombro ante Botero, por sus colores renacentistas, por el humor del contenido, en contraste con la personalidad de su autor; por la factura impecable y por la factura comercial que expiden las galerías a los compradores o las casas de subastas. Gran logro de un trabajo incesante, de la divulgación de su propia obra y de cierta ligereza de una época que le dio a ella valoración universal.
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Con el ceño fruncido, el coronado artista debe mirar la caricatura de la monja “Sor Palacio”, que es una variación de su cuadro original, titulado La madre superiora, colgado en la Casa de Nariño. La caricatura política de Sor Palacio, que tanto gustaba al presidente Betancur, complementa con el detalle de hábitos y alfileres, añadidos por quien fuera discípulo observador de las Hermanas de la Presentación, en Medellín A.P.