El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

No vender San Bartolomé

24 de enero de 2011 - 01:00 a. m.

TRISTE NOTICIA, PARECIDA A OTROS tantos pesares urbanos, la de hallarse en posible venta el viejo Colegio Mayor de San Bartolomé, en lo que a su edificio respecta.

PUBLICIDAD

La idea no pareciera mala, la de trasladar a esa bella fachada republicana los ministerios del Interior, Justicia y alguno más, si cabe. Pero el deterioro propio de las cosas públicas puede llegarle por esta vía, y pues en Colombia estamos, hasta su demolición, como ocurrió al final de los treinta con el claustro de Santo Domingo, en la calle 12 con séptima (tiempos del primer Santos).

Se perdería la tradición educativa de esa esquina privilegiada, casi en la plaza de Bolívar, equidistante de muchos barrios centrales y se desmembraría el Colegio de su iglesia anexa, la no menos historiada de San Ignacio, en cuya cripta yacen figuras como la del expresidente Misael Pastrana (muy a pesar de las intrigas gubernamentales para que no se le depositara en sagrado); así como se habla de misteriosas estancias en sus sótanos, en los que, entre otras cosas, estuvo guarecida la famosa “Lechuga”. Que también se vendió.

No, San Bartolomé (por el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero, cuyo nombre le quedó al seminario y luego al Colegio) no se compra ni se vende. El inmenso dinero de su costo sólo serviría para mortificar la imagen de la Compañía de Jesús, con la escandola de cifras que no sabría interpretar la envidiosa opinión.

No dudo de que con ello se podría adquirir un terreno inundable y helado en la sabana de Bogotá y en él erigirse un posmoderno edificio, que difícilmente pasaría a la memoria arquitectónica de la ciudad. Posiblemente haya que hacerlo, con otros ahorritos, que no sacrifiquen la tan asediada propiedad, donde fueron primero dos casonas que compraron en 1604 los padres Medrano y Figueroa,  Societatis Jesu (S.J.), en las que comenzó a funcionar el Colegio, mediante Cédula Real.

Propiedad interferida, no sólo por la Pragmática de Carlos III de España, que expulsó a los padres jesuitas de sus dominios, sino por causa de las versiones criollas de tal expulsión, que incluían el previo despojo de sus bienes. Restituidos los padres y vueltos a expulsar y a restablecer, hay que decirlo, los gobiernos liberales les quitaban el Colegio y los conservadores (Ospina Rodríguez, Núñez, Gómez) se los restituían indefectiblemente.

En el tiempo más reciente de Alfonso López (1937) se formalizó su nacionalización definitiva, medida que se deshizo en el gobierno de Laureano Gómez (1951), el cual regresó la propiedad privada a sus originales dueños.

Mejor no convertir en dinero ese fuerte educativo, ese fenomenal alcázar, en cuyo torreón es preferible no ver a funcionario alguno, ni de la U, ni de la S (tiempos del segundo Santos).

Conoce más
Ver todas las noticias