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Otro domingo para el suspenso

25 de junio de 2018 - 01:30 a. m.

Luego del aturdimiento de los hechos, llega un cierto momento en que uno dice, bueno, ¿aquí qué pasó? ¡Plop! Cesaron los gritos, parecieron cesar los odios, se silenció todo, un manto de fútbol cubrió la especie humana.

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En mi opinión, que no se la impongo a nadie, la historia hablará de un gobernante que quiso hacer la paz con una subversión que llevaba años irrumpiendo contra el Estado, emboscando las tropas, cobrando sus vidas, destruyendo los bienes de todos, gobernante que logró un parcial desarme y un cese de hostilidades negociado en pequeño comité. No se trató de una guerra, por más que se le haya dado esta calificación para asombrar al mundo; ni siquiera de una guerra civil.

El gobernante, que aún ejerce, entabló una pelea con el gobierno anterior, su gran elector, en estos temas de paz y negociaciones. El pueblo, consultado sobre los acuerdos, los negó. La polarización se empoderó. Llegó la sucesión presidencial y sin dar más detalles, como lo esgrime Magola, de una, en caricatura de Nani, “volvió a ganar el No”. El hombre más comprometido con los acuerdos, por lo demás un gran ciudadano, convertido en candidato presidencial, careció igualmente de respaldo.

Esto ocurre cuando ya la imagen de un gobierno envuelto en banderas pacificadoras había sido entregada al mundo, para ser aplaudido y premiado. La paz del país, sin embargo, fue más un hecho de la diplomacia y de la prensa mundial, que una realidad interna. Con abuso de la opinión expresada en plebiscito, quienes lo votaron negativamente fueron apelados injuriosamente enemigos de la paz, sólo por oponerse a un proyecto específico y caprichoso del gobernante.

Cuando la sucesión llegó, el triunfo electoral de quienes votaron el No y de quienes se les sumaron cuando ya eran nuevamente victoriosos fue el sacudimiento de una voluntad popular burlada.

La verdadera paz, puesta en juego indebidamente, tal vez sea salvada en sus líneas más generales y generosas, no importa cómo hayan sido acordadas. Por supuesto que se les negará el carácter de tratado público, como ya lo señaló la Corte a la que pertenecía definirlo.

***

Y el domingo siguiente, fútbol. Soy, como Juan Pablo Calvás, el radioperiodista anticancha, bastante negado al tema: no sé nada, no siento nada. Tan solo recuerdo haber hecho en mi vida un pase magistral, cuando jugaba de monje niño y recibí un violento proyectil en mi traje talar, pero en parte en extremo delicada de mi cuerpo. Sólo quise defenderme, lo que resultó ser un pase gol, como de Mundial.

Pero no dejo de sufrir cuando se lesionan Falcao o James, ídolos en mi silencio deportivo, junto con Carlos Sánchez, cuyo error no entiendo, pero me aterra pensar que “en este país de miseria” se le pueda amenazar por ello.

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