Con esa memoria de los años de niño, no olvido el sol de las 11 de la mañana pegando sobre el brazo de Gaitán, apoyado en la baranda del cuarto piso del Agustín Nieto, como en la foto de Lunga, y aún me parece ver su camisa crema de cuello indómito. Su sonrisa, el cabello liso y engominado que permitía reconocerlo entre otras cabezas, las de sus jefes de barrio. Adheridos al techo, carteles de propaganda con el infaltable ¡a la carga!
He visitado varias veces su Casa Museo, cuando fue su tumba y cuando se restauró. Se muestra un pistolete de cacha blanca, dizque recuperado del archivo criminal, con el cual fue asesinado. No me convenció el arma y menos el letrero que le colocaron: “arma que usó el sicario…”. Falso. El término “sicario” es de la era moderna. Entonces se decía: el asesino.
Siempre se dijo, como generalmente se afirma de los grandes políticos frustrados por la muerte, que Gaitán hubiera sido el presidente para el año 50. Es verdad que Eduardo Santos le había entregado las llaves del partido, luego de las últimas parlamentarias ganadas al oficialismo, pero no creo que la oligarquía de su partido le hubiera permitido acceder al poder. No digo que hubieran llegado a asesinarlo, hipótesis inaceptable que, sin embargo, circuló.
Pero un crimen como el de Gaitán, esa nefanda tarde de abril, lluviosa y plena de abrigos, sombreros y tranvías de hierro rechinante, no podía ser sino fruto de una conspiración. Y no debe trivializarse. De un gran hombre sólo puede imaginarse una cosa así, y más de quien hubiera podido transformar un estado de cosas, no únicamente devolverle el gobierno a su partido. Nacido en Manta, Cundinamarca, y bautizado en la Catedral Primada, muy a pesar de su estilo italiano facistoide, de su anhelo de encajar en la élite y de sus envidiables Buicks último modelo, no desconocía Gaitán su origen popular y el alma del pueblo encarnaba realmente en él. No era populista; era popular.
En ese año 50, dos años después del asesinato del líder para sabotear a Marshall y a la Conferencia Panamericana, como fue la explicación más probable, llegó al poder su antítesis, pero similar a él por la fuerza temperamental y la pureza de las intenciones, Laureano Gómez.
Un día recorrí el centro de la ciudad en busca de la estatuilla en bronce de este último, obra de la escultora Hena Rodríguez, replicado en 50 ejemplares. El bronce de Laureano lo encontré en un anticuario del Norte, quien me dijo: aquí ha venido la mitad del partido conservador a preguntarlo. Como éramos dos en el almacén, le dije: “aquí está lo otra mitad”. Me salió carísimo. Aún busco el bronce de Gaitán, de la misma escultora.
Años 40, añoranza de vida. Bogotá apacible hasta ese 9 de abril. Por mucho tiempo las señoras en el hogar, desesperadas, usaron decir: ¡estos muchachos me volvieron la casa un 9 de abril!