Habría que ver quiénes fueron en últimas los perdedores de la jornada de hace ocho días.
Perdieron, en primer lugar, los que se lanzaron a sabiendas de que no llegarían: los cristianos de alguna de las sectas, con su votación fuerte, pero limitada; los de cualquier denominación que no contaron ni al principio ni al final de los sondeos. Y, bueno, Jaime Castro, con su sapiencia, pero del cual nadie supo qué pretendía con lanzarse (a una piscina vacía).
Perdedor neto fue Enrique Peñalosa, asesorado por quienes sumaron rechazo al que él mismo podía tener, y ello por extrañas razones. Quizás sigue pesando en su contra el factor “o sea” (voz y modales de jovencito de clase), o quizás su sobradez de estilo y aun de talla, vamos, y el cúmulo de favorecimientos que atosigaron. Seguirá, según dicen, dictando cátedra internacional sobre las maravillas de una ciudad “que él transformó” y sobre el sistema Transmilenio que, la verdad, deja mucho que desear. El desastre de las losas, sobre las cuales no se le exigió responsabilidad alguna, porque como en su momento se dijo, “él era solamente el alcalde”, todo ello debió pesar en su fracaso electoral. Lo positivo es que no tendrá un fracaso más.
Se dice mucho que perdió el Polo Democrático; pero yo no veo por dónde: candidatos presidenciales del Polo fueron recientemente Gustavo Petro y Clara López, en un solo boleto. Pues bien, ahora mismo se hace un empalme entre la alcaldesa encargada, Clara, y el titular electo, Petro. Ires y venires pudo haber, peleas internas dentro del movimiento, escisiones y denuncias, cosas que nadie tiene por qué entender, rencillas similares a las de los hermanos en familia, pero la línea general que trasciende es que el Polo sigue en el mando de la ciudad y que no hubo tal voto de castigo, como se esperaba.
Perdió David Luna, aunque algún día llegará a su meta, quién sabe cuándo; Galán no perdió, pues no fue abandonado por sus seguidores al bifurcarse los votos y polarizarse entre los dos principales contendores. Hay que reconocer que Gina constituyó una tercería que tampoco la deja como perdedora y que sirvió de escape para los que no aceptaban a los punteros.
Perdió Uribe. Cómo no. Se lo han repetido hasta la saciedad y eso lo tiene enfurecido. A la oposición misma ha ido a dar, como si el Gobierno tuviera la culpa de su desafortunada salida a la plaza pública. La opinión es veleidosa, no hay que contar demasiado con ella, podrá pensar quien fuera su dueño por ocho largos años. ¿Para dónde va Uribe, con su cohorte de desconcertados?
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Diciente, muy diciente que Petro le confesara a la W que su esposa lo había impulsado a meterse en la campaña para alcalde y que él no quería. Ganó, pero sigue no queriendo ser alcalde sino presidente.