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Queremos país

23 de noviembre de 2014 - 10:24 p. m.

La palabra de moda es la paz. Simple, monosilábica, rotunda.

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Es un punto centro en que todo confluye y en el que todos coincidimos. Pero nada más ambiguo: se entiende de una forma o de otra. Es la antinomia de la guerra, es como si no pudiera existir si no fuera precedida por una guerra. No existe por sí sola y su contraste la define.

En la historia, grandes desórdenes parecen haber construido la paz. Hasta en el origen del mundo —si hemos de creer en las teorías científicas— de un estallido universal derivó el desconcertante orden cósmico y ahí nos tenemos. Nos tenemos, porque es un orden esferado y en una bola de esas estamos parados, los unos sobre los pies de los otros (antípodas), obedeciendo leyes gravitacionales. Es todo un misterio y en lógica repugna que un deshacerse produzca un hacerse universal, consecuente con leyes físicas exactas. Yo no lo creo.

Ya en el desenvolvimiento de la cultura humana y de sus sociedades, desórdenes hay y seguirá habiendo que generan órdenes de alguna permanencia. ¿Nunca habrá paz? Si las cosas evolucionaran y no revolucionaran sería el discurrir de la vida del hombre más tranquilo, aunque no llegare a saberse cuál es el estado de perfección y cuándo se tendría conformes a todos los miembros sociales.

Aquí hemos vivido dos siglos de guerras internas, con pocos intervalos. Paradójicamente uno de estos fueron los primeros 30 años del siglo XX, que siguieron a la llamada Guerra de los Mil Días. Envidiable paz, pero injusta. Vinieron reformas agrarias y laborales, que no fueron suficientes para evitar el desorden de hoy, en busca de otra paz nueva y precaria.

Cincuenta o sesenta años lleva la actual guerra interna —que no es exactamente la misma— paralela a una democracia, que siempre será imperfecta. La revolución es impaciencia, es un ya no más, que no da espera ni lugar a la lucha civilizada dentro de las garantías, que muchas sí que ofrece la democracia. Se dirá, y no faltan ejemplos, que a quienes alegan reivindicaciones los matan, pero esas muertes, nunca justificadas, se dan la mayoría de las veces en el forcejeo por el poder mismo. No tanto por razones sociales.

Nos acercamos al fin de un conflicto. Con todo y su juego de ajedrez: venga esta pieza para acá, dice una de las partes, y la otra se jacta de haber cobrado aquellas otras y hasta la reina. Jactancia imprudente, pues aquellos ruidos traen estas tempestades.

Y así llegamos a un orden nuevo, llamado anticipadamente el posconflicto. Muchos temen que se trate de una victoria en documentos o de una conquista de territorios sin vencer ejércitos. Otros piensan que es un reinsertarse de combatientes para volverse apreciados y domésticos, con favores de impunidad, que han de extenderse a otros, que purgan penas sin remisión. La paz social es por naturaleza precaria. Si no hay paz, que al menos haya país.

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